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CITA A LA SOMBRA DE LONE FIR

Comienza el US Open en el más escocés de los campos americanos

Las mejores estrellas del golf profesional, con Sergio García y Miguel Ángel Jiménez se dan cita en el US Open Championship, en el infierno de Chambers Bay, donde marrón es el nueve verde.

Hechosdehoy / José Ángel Domínguez Calatayud
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Comenzó este jueves el segundo major de los cuatro que nos trae cada temporada. Éste es el US Open Championship. Y el recorrido elegido para este año es el de Chambers Bay, en Tacoma, un campo público del Estado de Washington al oeste del país, cerca de la frontera con Canadá, a una hora en coche de Seattle.
 
Los expertos, entre ellos Phil Mickelson, dicen que es un campo muy parecido a Saint Andrews. Sí, aquí nada se parece a los campos que vemos habitualmente en el circuito americano: “Brown is the new green” escribía alguien en Facebook para alagar la decisión de tener una campo corto de riego y fertilizantes. Dejar hacer a la naturaleza, parecía querer insinuar el autor, como si ya hubiese leído Laudato si, la encíclica del papa Francisco sobre el medio ambiente, publicada el mismo día.
 
Las imágenes que ciertamente pueden verse de este campo, nos muestran el pardo color de los links que no conocen otra agua que la que cae del cielo, ni otra hierba que la festuca, omnipresente y variada, desde el corte a ras de suelo de sus calles hasta sus altos tallos en el rough, mecidos al compás del viento de la costa. Una visión de una Escocia que mirase al Pacífico.
 
Su diseñador, Robert Trent Jones Jr. deseaba hacer un campo bien diferente de los que alojan otros grandes torneos del continente y ¡vaya si lo ha conseguido! Está a la orilla de la bahía, levantado sobre una antigua mina de grava de finales de siglo XIX, y no hace falta ser un soñador para imaginarse el trajín minero en aquel contorno. Robert Trent Jones Jr. quiso que ese perfil supusiera un punto de distinción de este singular campo, el más joven de los construidos de cero, inaugurado en 2007.
 
En lo deportivo va resultar interesante en extremo. Muy pocos de los que concurren conocen suficientemente el campo. Y para los que lo conocen casi da igual, porque ni su dibujo ni su planta permiten muchas elucubraciones estratégicas. La naturaleza también juega y, en más de un golpe, conduce a la bola donde el jugador no quiere.

Por su parte, los greenes son movidos y de más difícil lectura e interpretación que el programa de un partido político de los llamados emergentes, que lo mismo vale para un roto que para un descosido, que lo que es malo para un jugador, resulta digno de alabanza para otro, según quien, según el caso y según diga el terreno.

No creo en el azar, ni en política ni en golf, pero en Chambers Bay – como en Madrid – todo es posible.

Porque, como titula uno de los artículos de la propia web de la PGA, “Course is one heck of a hike”, o sea, el recorrido es una caminata por las sendas del infierno: nada es cierto, nada es fiable, los esfuerzos sensatos no se verán recompensados con brillos concretos. Las horas y los días serán inciertos. Los caminos tortuosos y el final sacrificado. Pero les vale la pena, porque el que gane hará historia en este campo y en la narrativa del US Open.
 
Por todo lo dicho más arriba y por inveterada costumbre de este deporte de locos, no hay favoritos. Pero yo les dejo cinco nombres para el triunfo final; los menos propensos a hacerlo garrafalmente mal: los seguros, rectos, tranquilos, certeros con los hierros, combativos desde el rough y buenos lectores de putts de larga distancia: me apunto a Justin Rose, a Phil Mickelson, Rory McIlroy, Sergio García y Matt Kuchar.
 
Y si quieren otros cinco para llegar a diez: Patrick Reed, Jimmy Walker, Henrik Stenson, Ryan Palmer y – me tiro a la piscina – Tiger Woods.
 
Y como mudo testigo de las gestas que se verán estos día en los parajes de Puget Sound nos queda hablar de Lone Fir (el Abeto Solitario) que con sus brazos abiertos en redondo contemplará éxitos y fracasos de los jugadores y el mecerse de las olas en la cercana bahía.
El recorrido de Chambers Bay, no tiene obstáculos de agua dignos de mención. Sí amplios bunkers, pero no árboles que entren en juego y dificulten la visión del recorrido o la trayectoria de la bola. Sólo hay un árbol, Lone Fir y no entra en juego: está en el tee de salida del hoyo 16, sobre una pequeña elevación del terreno, pero lejos de cualquier influencia directa.
 
Su poder es más de comunicación: el vigor de una imagen solitaria quebrando el horizonte. Y, quizás por ello, por esa digna soledad tiene el porte noble de una bandera, la efigie hiniesta de una heroína o la fraternal figura de un protector hermano mayor: el hermano Árbol.
Cuando Robert Trent Jones, Jr. comenzó a mover tierras para hacer un campo tipo link la única instrucción que tenía era preservar el Árbol Solitario. Hoy es emblema de aquel campo y un poema verde abeto, una elegía a la soledad del jugador de golf.
 

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