De las muchas leyendas chinas que nos han llegado hay una que nos habla de un propietario que perdió una oveja. Todos sus sirvientes no bastaban para buscar la oveja perdida a causa de los interminables caminos que se cruzaban unos a otros y se bifurcaban cada dos por tres. Pidió ayuda su vecino, el maestro Yang Dse que le prestó su criado. Pero no lograban encontrar al animal.
El maestro Yang Dse, preguntó a su vecino por qué no lograban dar con la oveja, a lo que éste le respondió que era porque unos caminos llevaban a otros y los rastros se perdían entre tantos senderos.
Se quedó pensativo el maestro Yang Dse y cuando alguien se interesó por su silencio meditativo otro le respondió con seguridad que lo que le pasaba al gran maestro es que se había quedado pensando en tantos discípulos suyos que yendo por muchos caminos se pierden, desaprovechan sus recursos y, desorientados olvidan su objetivo central, el aprendizaje.
Al chino Ashun Wu no le ha pasado eso. Cuando era más joven le gustaban muchos deportes y juegos. Practicaba especialmente bien al baloncesto, llegando a participar con el equipo de su escuela. Pronto comprendió que por sus estatura de sólo 1,75 nunca destacaría en esa disciplina, ni podría participar de manera competitiva. Así que con 17 años dejó todo y con la ayuda de su hermano, jugador de hándicap, estuvo cinco años entrenando hasta dar el paso a profesional.
Hoy, viéndole en el partido estelar por el fairway del Diamond Country Club de Atzenbrugg era fácil distinguir su determinación. Sus cinco birdies y un solo bogey de la primera vuelta era una proclamación de su poderío. Ni la lluvia, ni la lejanía de su tierra, ni el doble bogey del hoyo 10 seguido de bogey en el 11 lograron desviar su atención sobre la meta. El gran maestro Yang Dse estaría orgulloso de tenerlo como discípulo.
Ese traspiés del principio de los segundos nueve hoyos pareció actuar como inspiración sugerida por un dragón de su Xiamen natal. Porque redobló su concentración y con sendos birdies – hoyos 13 y 15 – recuperó el liderato en solitario que ya no compartió con nadie.
Junto a él, en el partido estelar iba un muy serio compañero competidor: Adrián Otaegui. El de San Sebastián, iba metido en el partido hasta las barbas, que se las dejado prietas y oscuras como las aguas profundas del Cantábrico. Llegó a ser líder con el chino, pero el único bogey que cometió en el día cayó en el hoyo 17; fue como un portazo en el umbral de la esperanza.
Sin embargo ni ahí, ni antes, ni después descompuso el jugador vasco su porte elegante de descubridor de mares y continente como tantos ilustre marinos de su tierra. Como el vizcaíno Lorenzo de Ugalde y Orellana. Como Juan Sebastián Elcano, de Guetaria. Como Blas de Lezo, Cosme de Churruca, Gaztañeta, Oquendo, Bonaechea o Juan de Echaide a quien debe su nombre el Echaide Portu en una ensenada de Terranova.
Nova y fría era la cara de Adrián Otaegui que, digno de aplauso por su juego, ha sido más admirable por la elegante forma de participar en el campo. Fuese fácil el hoyo o se mostrase adverso el rostro y el lenguaje corporal del español era en todos momento el de un señor. ¡Cuánto me recuerda a Chema Olazábal y a otros amigos de tan hermoso lugar.
En fin, ser segundo es no ser primero, pero es estar a un paso de llegar a la meta deportiva soñada y lo mismo que el chino Ashun Wu lo logró este domingo, muy pronto veremos a Adrián Otaegui recoger su merecido trofeo.
Para Ashun Wu, es con todo merecimiento el trofeo, con el que lucra además otro récord: es el primer chino que vence en el continente europeo.
Y para ambos, también quizás para nosotros se escribiera aquel proverbio chino: “las grandes almas tienen voluntades, las débiles tan sólo deseos”.






