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EL SILLÓN VACÍO

Aldo Yero Mosteiro, mi tío el desempleado de Paradero de Camarones

A principios de los años 90 se integró a un grupo que trató de defender los Derechos Humanos en Cuba. Lo expulsaron del Ferrocarril sin derecho a laborar en ninguna otra empresa.

Hechosdehoy / Camilo Venegas
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Aldo Yero Mosteiro nació en el Paradero de Camarones en 1941. Era hijo de Tomás Aurelio Yero Alonso, jefe de estación, y Atlántida Mosteiro Góngora, una hermosa gallega que le sirvió de modelo a Pablo Donato (el arquitecto más famoso de Cienfuegos) para la escultura de un ángel.

Aldito tenía 17 años la noche que fue a un baile del Liceo y no volvió a casa. Junto a un grupo de amigos se robaron las armas del cuartel de San Fernando y se alzaron en el Escambray. Participó en la toma de Güinia de Miranda, a las órdenes del Che Guevara.

Mi abuela, que había nacido en el Escambray y conocía ese lomerío como la palma de su mano, subió a buscarlo. Ella y mi madre caminaron decenas de kilómetros hasta que dieron con él en un campamento de la retaguardia. Tenía los pies destrozados y una caja de historietas del Llanero Solitario.

Comenzó a practicar para hacerse ferroviario, como su padre. Un día debía tomar el tren hacia Sagua la Grande, para relevar a un operador, pero decidió alzarse otra vez en el Escambray. Esta vez, contra la Revolución. Mi abuela fue por él y, con el olfato de una loba, encontró a su cachorro. Se lo llevó de regreso a casa y ese fue, hasta hoy, el secreto mejor guardado de mi familia.

Con los años se convirtió en el mejor Despachador de Trenes de la División Centro de los Ferrocarriles de Cuba. Un día de zafra, que estaba de vacaciones en Camarones, totalmente borracho, tomó el teléfono y deshizo un nudo donde estaban implicados tres trenes de carga, uno de caña y dos de viajeros.

No olvido los saludos de los ferroviarios al pasar por el andén de Camarones. ¡Aldooooo!, le gritaban orgullosos, tratando de que el eco de sus voces también corriera por su cuenta. A principios de los años 90 se integró a un grupo que trató de defender los Derechos Humanos en Cuba. Lo expulsaron del Ferrocarril sin derecho a laborar en ninguna otra empresa.

Desde entonces fue mi tío el desempleado. En su casa, con la cabeza recostada en un sillón, seguía dirigiendo el movimiento de los trenes con solo escucharlos. “Ahí va el viajero de Morón —decía después de oír un pitazo—, lleva media hora de retraso”. Aunque su sentido de humor era capaz de sacarle una carcajada al hombre más triste, nunca más fue feliz.

De niño, yo quería ser como él. Nada me gustaba más que oír a los ferroviarios contar las hazañas de Aldo Yero. Nadie como él lograba que los trenes circularan en hora y se cruzaran en el punto exacto, de manera que ninguno de los dos perdiera el itinerario.

Murió a unos pasos de la línea de ferrocarril. Desde hace dos días los trenes pasan por Santa Clara sin que él dirija sus movimientos con solo escucharlos. Su sillón está vacío.


– Camilo Venegas, escritor y periodista cubano, reside actualmente en República Dominicana.

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