Conocí a Álex Fonseca a finales de los ochenta, en el Hotel Pasacaballos, de Cienfuegos. Cuando nos presentaron, me llamó la atención que aquel pequeño hombre tuviera manos de mecánico y mirada de gran poeta. “Piénsalo bien antes de hacerte escritor —me dijo con aire circunspecto—, porque lo único que este oficio te asegura es el alcohol”.
A todos nos habían invitado a uno de los encuentros de escritores más delirantes e inolvidables que se celebraron en la Cuba de entonces. Mientras un joven narrador caía al vacío, creyendo que se subía a un ascensor, Delfín Prats recitaba trabalenguas de Reinaldo Arenas.
Allí mismo me contaron que Álex trabajaba en la empresa 60º Aniversario de la Revolución de Octubre, en Holguín, donde ensamblaban unas enormes máquinas soviéticas para cortar caña en el Trópico. Curioso, inquirí algo sobre las combinadas KTP. “¿Qué clase de escritor eres —me preguntó burlón—, que prefieres hablar de tractores antes que de literatura?”.
Lo volví a encontrar en la librería Books & Books, en Miami, en la presentación de mi libro Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes. Nos dimos un fuerte abrazo, como si aquella noche de 2013 estuviera a muy poca distancia de 1988, el año en que nos conocimos. Me fijé en sus manos, el trabajo las mantenía callosas.
Meses después, en otro viaje nuestro a la Florida, nos invitó a su casa. Allí estuvimos, junto a Álex y su esposa, Sindo Pacheco, Javier Iglesias, Félix Anesio, Nirma Necuze, Diana Sarlabous y yo (Alfredo Zaldívar también había sido convocado, pero ya no recuerdo por qué no pudo asistir).
Fue la última vez que lo vi. Se sentía un sobreviviente de muchos naufragios y estaba agradecido por eso. Presumía de su fuerza de voluntad, de su poesía y de su mujer; esas tres cosas lo habían salvado. Y lo seguirán salvando, porque gracias a ellas también hizo su obra y contra eso el olvido no puede.







