fjrigjwwe9r1_articulos:cuerpo
Sartoris, una de mis novelas preferidas, comienza con una conversación entre dos sordos y un fantasma. “John Sartoris resultaba mucho más palpable que aquellos dos ancianos, unidos por su sordera común a una época ya muerta que se hacía cada vez más tenue con el lento desgaste de los días”, se lee en el segundo párrafo.
En la Cuba real sucede ahora mismo algo muy parecido a esa situación ficticia creada por William Faulkner. Dos ancianos, a quienes el exceso de poder ha dejado sordos, tratan de negociar algo que no pueden, porque ellos pertenecen a una época ya muerta y su interlocutor habla constantemente del futuro.
El miércoles, ante varios jefes de estado de Latinoamérica, el dictador Raúl Castro dio a conocer las condiciones que su gobierno le ponía a Estados Unidos para normalizar las relaciones entre ambos países. En esa negociación, donde han participado muchos (¡hasta el Papa Francisco!), los cubanos no ha sido consultados ni una sola vez.
Por lo tanto, no debemos esperar nada de ella. Estados Unidos no tiene por qué responsabilizarse con el fin de la dictadura en #Cuba, tampoco es su deber ayudar a los cubanos a ser libres. Por eso estoy a favor del fin del embargo y que entre ambos países existan relaciones normales. Eso, al menos, acabaría con la principal excusa del fidelismo (y de sus acólitos).
Obama hace bien. Los que hacemos mal somos nosotros, que le pedimos a un tercero que nos resuelva los problemas. Cuba no será libre cuando por fin comamos pollos de Kentucky, maíz de Kansas, pescados de Alaska y refrescos de Atlanta. Eso no impedirá que sigamos teniendo un país baldío.
Cuba será libre cuando los cubanos seamos capaces de ponerle fin al régimen opresor que dividió a nuestras familias, destruyó a nuestra nación y arruinó el futuro de varias generaciones. Insisto, no depende de Estados Unidos sino de nosotros.
Es nuestra responsabilidad acabar con el lento desgaste de los días en Cuba.