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Era una de esas tardes grises del avanzado otoño en que no sabía que tontería hacer. Tenía 16 años y la vida me parecía genial, aunque manifiestamente mejorable. O, por lo menos, merecedora de algo sorprendente. Así que como lo original no llegaba de las clases, ni de la familia, ni de ningún otro lado se me ocurrió dar yo mismo la sorpresa: me fui a la barbería y pedí un corte al cero: vamos, que salí del establecimiento con el coco como una bola de billar.
Tenía 16 años y un ego enorme. También atesoraba una buena ración de individualismo, insensatez, romanticismo becqueriano y una colección de discos de música de los 60’. O sea todo menos lo necesario para obrar con sensatez.
Porque además de todo lo anterior también tenía dos compromisos que en aquella mi decisión capilar se habían desvanecido de mi cerebro.
El primero era mi compromiso con una chica, fue incapaz de reconocerme en la esquina de la Gran Vía en la que habíamos quedado. Todavía hoy se me encoge el corazón al recordar cómo empalidecía aquel bello rostro al mirar el mío encumbrado por una calva brillante como bombilla. “Pero, querido, ¿qué te has hecho?” Al final, como dicen ahora, lo asumió con buen humor y pienso que este incidente no figura en la lista de agravios que provocó años después la ruptura del noviazgo, con la devolución de cartas y todos esos trámites.
El segundo compromiso olvidado era si cabe más grave por irremediable: aquella tarde gris del avanzado otoño me había olvidado de que yo tenía un papel en la obra de teatro del Colegio. La pieza se estrenaría ante el claustro de profesores, los padres y los alumnos durante la ya próxima fiesta de Navidad.
Se trataba de una adaptación de la comedia de Joseph Kesserling “Arsénico y encaje antiguo” (Arsenic and Old Lace, en el original). Llevábamos ensayando desde comienzo curso y todos habíamos puesto mucha ilusión, especialmente el director que era además Jefe de Estudios. Se pueden imaginar el estupor, incredulidad y justa indignación de aquel director de teatro cuando me vio aparecer como la cabeza más brillante del curso, al menos físicamente.
.- ¿Qué has hecho insensato? ¿Cómo arreglamos esto ahora a dos semanas del estreno?
Yo permanecí en humillado y flemático silencio, calibrando lo que ya tenia difícil arreglo. Porque, no lo he dicho, yo era el actor principal, en el papel de Mortimer Brewster, protagonista de aquella locura; tenía que aparecer como el único personaje en sus cabales en una casa donde dos ancianas tías se encargan de asesinar compasivamente con una copa de vino de saúco mezclada con veneno a vagabundos solitarios.
Veneno es lo que me entraron ganas de tomar. En fin, fui sustituido en mi papel estelar por un compañero de curso y de ensayos Teodoro M. de la T. y degradado en la obra a 2º Agente de Policía Metropolitana, con una sola frase de tres palabras. Probablemente ese fue el abrupto final de una prometedora carrera de actor.
Todo por cosas de juventud.
Entenderán, pues, que me sienta hermanado con Rory McIlroy al que se le ha caído el mundo encima. El joven norirlandés, diez días antes del Open Championship se pone a jugar una pachanga de fútbol con sus amigos y se destroza el tobillo izquierdo.
Él mismo lo comunicaba el lunes en Instagram aportando foto con férula y muleta. “Total rupture of left ATFL (ankle ligament) and associated joint capsule damage in a soccer kickabout…” Es decir, ruptura de ligamentos jugando al futbol.
No había nota oficial y se especulaba que quizás, finalmente podría tratarse sólo de un esguince de tobillo y a lo mejor podría combatir por volver a ganar la próxima semana el British.
Pero parece que no: el día 8, escribía de nuevo en Twitter y en Facebook: “Después de pensarlo mucho, he decidido no jugar en el Open Championship en St. Andrews. Estoy…”
¿Cómo estará el joven golfista? Pues hecho pedazos en su tobillo y en su corazón. Me siento su alma gemela: por cosas de juventud yo perdí la cabeza y él casi pierde un pie. Pero él, al menos, no tiene riesgo de que la novia rompa; ya lo hizo él directamente el año pasado por estas fechas.
Sólo le queda, como me pasó a mí, dejar de ser Nº 1 y que el Jefe de Estudios, en su caso su sponsor Mr. Nike, no se lo tome demasiado mal. Y quizás le queda el consuelo de que alguien, como hizo mi prima Margarita conmigo se apiade y le de buena compañía.
En el autobús que nos llevaba a toda la pandilla a esquiar los domingos, mi prima Margarita me quitaba el gorro y me pasaba la mano por el corto contrapelo de cabeza haciendo risas con las amigas. Nunca dejaré de agradecérselo, pues ser Nº 1 o Primer Actor es algo grandioso, pero nada comparable a la adorable compasión de tus seres queridos.
Amigo Rory, amigo del alma, mucho ánimo: todo tiene solución. A lo mejor acaba llamándote el Real Madrid para sustituir a Iker Casillas.