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ENAMORARSE DE LA DERROTA

Pablo Larrazábal a dos golpes de los líderes del Porsche European Open

Algunos americanos, terminada su temporada, han venido a Europa. Es el caso de Patrick Reed y Matt Kuchar. Pero en el precioso campo de Hamburgo, las estrellas que brillan y sufren son europeas. Tela por cortar.

Hechosdehoy / José Ángel Domínguez Calatayud
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Lo necesita. Necesita una victoria. Bueno, todos los jugadores la necesitan en alguna medida. Pero el caso de Pablo Larrazábal es de necesidad perentoria.

Profesional desde 2004, desde entonces ha jugado hasta la semana pasada 330 torneos en los que ha puntuado e ingresado dinero en 226; de ellos en el Top 10  ha estado 50 veces, de los que 10 son en el top 3; ha obtenido 4 victorias en el Circuito Europeo.

¿Por qué tiene que ganar Pablo en el Porsche European Open? Por la misma razón de fondo que nos ocurre a nosotros en el trabajo, en la familia, en el amor o en el golf: la respuesta positiva forma parte de nuestro cerebro, de nuestro orden vital.

La idea de que se aprende más de las derrotas que de las victorias, es aceptable sólo si hay victorias. Del fracaso permanente sólo se obtienen finalmente pensiones de subsistencia, (llamadas ahora con indisimulada piedad y buenismo, pensiones no contributivas). De no obtener nunca el fruto de lo que plantas se aprende el vacío.

En el trabajo el vacío de la desocupación; en la familia el vacío de la terrible indiferencia y en el amor la negra vaciedad de afecto y una dura existencia. Así, que uno debe aprender cuanto antes de los errores ajenos y de la esencia de cada cosa.

En golf, para Pablo, que conoce la técnica de sobra, la esencia estará este domingo en la paciencia, a la que llaman madre de la ciencia. Y no en la paciencia del tipo “no te preocupes, algún día ganarás”, que suena harto infantil, sino la más difícil paciencia del hoy y ahora.

Cada golpe tendría que ser un homenaje a la humilde seguridad: soy capaz de hacerlo así de bien y lo haré. Luego estar a lo que ocurra sin aspavientos, sin gestos  de frustración;  y menos sacadas de lengua colgante. Y volver a intentarlo en el siguiente golpe.

Este sábado así ha estado el español. No sólo es el mejor español clasificado, sino que ese cuarto puesto que ocupa al terminar la jornada suena peor de lo que es. Sí, Pablo Larrazábal (-7) es cuarto, pero a un golpe de Paul Casey (-8) y a sólo dos de lo colíderes Robert MacIntyre y Bernd Ritthammer (-9).

Estos tres que le preceden en la clasificación son huesos duros de roer. Paul Casey, aunque inglés de Cheltenham, fue alumno de la prestigiosa Arizona Estate University y, profesional desde el 2000; es habitual del Circuito de la PGA en Estados Unidos donde ha terminado la temporada 5º en la Fedex Cup y 17º en el Ranking Mundial. Este año tiene una victoria en el Valspar.

Por su parte Robert MacIntyre es una joven promesa de 23 años. Sólo lleva de profesional desde el 2017, pero en ese corto tiempo el zurdo escocés ha conseguido que los entendidos se fijen en él, sobre todo al quedar 6º en el último Open Championship, con el mejor resultado de la última jornada entre los diez primeros.

Nos engañaríamos si su inexperiencia la calibramos menos que su arrojo. Es un entusiasta del “shinty” juego originario de las Highlands que se practica con un palo curvo y una bola de cuero.

De Bernd Ritthammer su mayor baza es el factor local. Es un alemán en Alemania en el torneo que patrocina una compañía germana de prestigio. Y él ya está arriba. Cierto que, profesional desde 2006, no tiene ninguna victoria en el Circuito Europeo, pero sí tres en el Challenge Tour. Con sus 32 años no va a querer desaprovechar esta oportunidad, una de las últimas si no quiere que, como dice mi tía Alicia, se le pase el arroz.

Los 18 hoyos del domingo están ahí para arrebatarle al tiempo una derrota. Necesitamos victorias, decía. También en lo peor y en lo mejor nos viene a todos muy bien el espíritu deportivo. Si hay algo que está en el manual del deportista y,  muy importante, en el manual del buen caballero es que tras la caída uno se levanta. Ya lo decía hoy este digital: “Tropezar no es malo. Lo malo es enamorarse de la piedra”.

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