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EL GOLPE BRUTAL A HAMÁS

Netanyahu juega la carta de Al Sisi y Abas en la escena de destrucción de Gaza

Imposible hoy por hoy lograr un tratado de paz definitivo en Oriente Medio. Entre cascotes, destrucción y muerte, Netanyahu rectifica con Abas y busca la estrecha alianza con Egipto.

Hechosdehoy / Juan-Fernando Dorrego Tíktin
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En un muy pequeño territorio, la Franja de Gaza, la ofensiva terrestre de Israel penetró unos tres kilómetros. Bombardeó con dureza los refugios de Hamás, y también los de Naciones Unidas -47 de los centros de la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos (UNRWA) sufrieron daños como contó Hechos de Hoy-. A la dureza de los combates y los bombardeos sucedió el tour de los túneles para mostrar a los medios por qué se precipitó esta nueva guerra de Israel contra Hamás en Gaza.

Benjamín Netanyahu al final ha optado por la retirada unilateral aunque mantiene abierta la opción de golpear de nuevo con extrema dureza a Hamás. En la lógica infernal de este Oriente Medio desquiciado, el núcleo duro del primer ministro considera que el golpe a Hamás, en el hígado militar y económico, resultó eficaz. Se han convertizo zonas de la Franja de Gaza y la propia Ciudad de Gaza en un erial de brutal destrucción. Las escenas de fuego e inmenso dolor han pasado factura a Israel -en Nueva York, Ban Ki-moon mostró como nunca su hastío-  y a la vez a Hamás por la propia opinión pública de Gaza. Nada se ha logrado y a un coste durísimo, sin precedentes, de centenares de muertes, destrucción, anarquía y penurias.

El círculo de asesores de Benjamín Netanyahu -en la percepción bien fina de la política árabe desde Jerusalén-, contempla un nuevo escenario. La alianza de los Hermanos Musulmanes y Hamás quedó destrozada. Al golpe de Egipto se sumó el de Israel. Además, en el plano político, esta opción de Islam radical ha recibido el rechazo de Egipto, Jordanía y Arabia Saudí. Tampoco cuenta con el apoyo de las monarquías del Golfo, con la importante excepción de Catar, enigmático outsider, enfrentado incluso a Arabia Saudí en la guerra de clanes que se está viviendo en Libia.

Aunque sea cínico, y cruel, Netanyahu contempla a Mahmud Abas como su aliado natural. No lo hizo en tiempos de paz, como le reclamó Francisco, y lo pretende ahora, en medio tanta sangre derramada. Se abren tiempos difíciles pero resulta una gran verdad que por primera vez Israel acaba una guerra más cerca de los países árabes que de los Estados Unidos. John Kerry pensó que la mediación era más eficaz por parte de Catar y Turquía. Israel lo vetó. Estima que la llave está en El Cairo con Al Sisi, a quien ha mantenido informado de sus ataques y las operaciones bélicas.

Al Sisi aparece en un primer plano. Ha contado con la ayuda de Israel en la lucha contra el terrorismo yihadista en la península del Sinaí. En sus manos, pese a lo que le duela al orgullo de John Kerry, se encuentra el levantar un pacto de perdedores. Israel ya sabe que simplemente se esfumó el sueño largamente acariciado -sobre todo bajo el mandato de Sadat en Egipto– de un tratado de paz definitivo. Sólo busca seguridad para sus ciudadanos pero son tan brutales las heridas de esta guerra salvaje que parece difícil que vayan a cicatrizar de forma rápida apagando el odio y el deseo de venganza. El brazo armado de Hamás ha perdido la reputación amasada en las mezquitas. Nadie quiere más ira y desarraigo.

¿Puede Mahmud Abas liderar un clima de unidad en Cisjordana y Gaza en un nuevo triángulo de Palestina, Israel y Egipto? Es el nuevo tiempo que se abre entre los rescoldos y las tumbas de los más débiles e indefensos. Aunque ceda esta guerra loca de Gaza, todos se engañan si reniegan del sueño, el que debe permanecer, el de dos Estados, Palestina e Israel, y  una ciudad santa (Jerusalén) compartida.
 

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