Alrededor de nuestro edificio hay varios árboles. Afortunadamente, su arquitecto le dio tanta importancia a la estructura como a su entorno, por eso concibieron en él árboles endémicos de República Dominicana. Eso hace que permanezcan el día entero llenos de aves.
Cuando nos mudamos, una de las palmas reales tenía un inmenso nido de ciguas. Por las tardes irrumpían en nuestra terraza y la compartían con los zumbadores que suben a libar las flores de las macetas. Disfrutábamos hacernos invisibles para dejarles todo ese espacio a ellas.
Pero un día mal llegó una brigada de jardineros con órdenes precisas. Podaron los árboles hasta dejarlos irreconocibles. Uno de ellos se hizo cargo del nido de ciguas. Se subió en una escalera y no paró hasta destruirlo por completo.
Por su biodiversidad, República Dominicana es comparada con un continente en miniatura: cuenta con el punto más alto del Caribe (el Pico Duarte, con 3.087 metros) y el punto más bajo de todas las islas oceánicas (el lago Enriquillo, con 44 metros por debajo del nivel del mar).
Todo lo que hay entre esos dos extremos provoca la admiración de biólogos y ecologistas del mundo entero. Uno de ellos fue el costarricense Darío Fernández, quien se empeñó en salvar a Bertha, Gavi y George, tres polluelos de Gavilán de la Hispaniola que nacieron en Los Haitises.
En República Dominicana apenas sobreviven unos 300 gavilanes. El último refugio de estas aves en peligro de extinción se concentra al pie de mogotes forestados o en sabanas con ceibas, palmas, yagrumos, cocos y jobos. Los campesinos, ignorantes de su valor, los cazan con escopetas, trampas o tirachinas.
Darío llegó a importar ratones de Estados Unidos para darle de comer a Bertha, Gavi y George. Las pequeñas aves nunca llegaron a conocerlo. Él se cuidó de no entrar en contacto con ellas para que mantuvieran su instinto salvaje. Cuando llegó el momento de ponerlas en libertad, las llevó al área protegida de la Fundación Ecológica Puntacana.
Los que presenciaron el acto de despedida, no olvidan el momento en que Darío rompió a llorar. Justo unos segundos antes, Bertha, Gavi y George habían levantado el vuelo, ya libres para siempre en un entorno donde estarían a salvo de la depredación.
Darío se fue a África y los tres ejemplares, al cabo de unos pocos meses, empezaron a cazar solos. Sus vuelos en distintas direcciones por la extensa área protegida, son monitoreados por la Fundación Ecológica Puntacana. En toda la zona está absolutamente prohibida la cacería de cualquier especie de ave.
En Santo Domingo, ante la dramática reducción de la floresta, las ciguas palmeras se las han arreglado para hacer nidos en postes del alumbrado, torres de comunicación y en todo lo que se les parezca a una palma. Aunque a veces sus esfuerzos tienen un final dramático, como ocurrió en el jardín de nuestro edificio.
Esta ave compartidora, alegre y bulliciosa —dominicana al fin— es tan rara, que fue necesario crear una familia y un género para ella sola. No hay más de 10 familias con una sola especie en el mundo y la cigua palmera, el Ave Nacional de República Dominicana, es la única endémica de las Antillas.
Nuestras ciguas han vuelto a casa. Ahora a mí me toca vigilar a los jardineros. Quiero contarles la historia de lo que han hecho gente como Darío, la Fundación Ecológica Puntacana y todos los dominicanos buenos que están decididos a salvar esa parte de su identidad que aprendió a volar.
Lo único que quiero hacerles entender es que sin aves y sin nidos, la belleza de un jardín siempre será estéril, frívola, inmerecida.
(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)







