Daban el otro día por televisión un reportaje que resumía el 2017 del golf. Con datos e imágenes la comentarista destacaba que entre los ganadores del PGA Tour hay un extraordinario porcentaje de jóvenes muy jóvenes.
Está pasando en el golf profesional – acaso también algunas familias de golf amateur – lo que ya pasó en otros deportes: una precocidad en el aprendizaje, una prisa por despegar y un anhelo apasionado por estar cuanto antes en lo más alto. Ahí tenemos la gimnasia deportiva con esas crías dando volteretas como pájaros.
Si no teenager, los líderes del golf mundial empiezan a ser los veinteañeros, los chicos de apenas cumplida la segunda decena.
“The new youth takes over the PGA Tour”, titulaba allá por marzo Golf.com. Este asalto de la nueva juventud a los torneos del circuito de América del Norte se fundamenta en cifras. Tomando los 47 torneos individuales del PGA Tour en la temporada pasada y lo que llevamos de ésta vemos que los ganadores con menos de 31 años son 17, por los 30 que no alcanzan esa edad. Por cada victoria de los “mayores” hay casi dos de los más jóvenes.
Y fijándonos en ellos, en los de menor edad, sorprende el sentimiento de ganador que inflama su juego y hasta su mirada. Basta recordar la espectacular victoria que protagonizó Jordan Spieth (24) en el Open Championship en Birkdale con una ronda final que desfondó a todo un Matt Kuchar (39).
De este modo también sorprendió que en el The Players un rookie, See Woo Kim, una figura hierática de entonces sólo 21 años, no diera una oportunidad a ninguno de sus compañeros. Piénsese que es el torneo mejor dotado económicamente, que es temible para todos y que su recorrido, el terrible TPC Sawgrass, parece hecho para jugadores experimentados. Pues el coreano sacó tres golpes de diferencia a sus inmediatos perseguidores, dos veteranos: Louis Oosthuizen (35) y Ian Poulter (41). Y sin despeinarse. Bueno, esto último lo tenía fácil.
A lo mejor, con estos datos ya sorprende menos la meteórica temporada Jon Rahm, que ya era top 5 al final de año y que nada más comenzar éste queda segundo en Kapalua (Hawái), justo detrás del número 1 del Ranking Mundo, Dustin Johnson para auparse al numero 3 de ese ranking.
A comienzo de este siglo empezó a circular en el mundo del marketing, pero también en las investigaciones sociológicas, el término kidult. Una primera aproximación indicaba que un kidult es ese adulto que se niega a dejar atrás su adolescencia; lo que se conocía antiguamente como puer aeternus, la niñez que no acaba.
Ya en 1983 el libro del Dr. Dan Kiley The Peter Pan Syndrome: Men Who Have Never Grown Up («El síndrome de Peter Pan, el hombre que nunca crece»), intuía lo que luego precipitaría en ese “Hombre Light” magníficamente descrito por el Dr. Enrique Rojas.
Ser siempre Peter Pan, permitiría vivir en la tribu de los adultos pero reservándose un rincón del disfrute material de un niño. Los más listos del marketing y de la cultura del ocio han estado haciendo su agosto con estos Peter Pan. Y con esas Wendy. Así les va después a algunos cuando surge la contrariedad en la pareja, en el trabajo o incluso en el mismo ocio. Una nevada tan descomunal como preanunciada les deja sin “Campanilla” y aterrizan en el frío de la desorientación, de la desesperanza y de la culpa ajena, de ese – señalan con el dedo -: el que me ha roto el juguete. O de la autoridad que sea. Ya lo dice la popular frase italiana: ¿Piove? porco governo.
Y sin embrago hay otra juventud; la profesionalización de jóvenes casi niños en el golf se hace visible en la parte más alejada de aquella parte negativa del espectro. Son chavales que trabajan duro; sí, en lo que les gusta, pero eso no hace menos valioso el esfuerzo. Son chavales que aprende a gestionar la adversidad, el cambiante curso de los días y la empinada cuesta llamada victoria. Son chavales abiertos a compartir muchas horas con personas muy diferentes a ellos: eso es convivir, lo opuesto a conmorir.
Si siguen triunfando será porque no confunden ambición con obsesión, triunfo con superioridad, ni los propios talentos con derechos sin deberes. Jordan Spieth, Justin Thomas o Jon Rahm no son kidadults, pero tampoco han perdido ni la juventud ni la posibilidad de tener una vida adulta lograda.
Los demás estamos para ayudar, formar y abrir puertas.
“Un día vendrá la juventud y golpeará la puerta”, hacía de decir Henrik Ibsen al protagonista, Halvard Solness en “El maestro constructor”. En el golf no está llamando a la puerta, está sentada en el recibidor.






