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MICRONESIA

Islas Marshall, 29 atolones y cinco islas en medio del Pacífico

En estas islas se encuentra el atolón Bikini. Un paraíso del buceo donde seguro que se puede encontrar algún pez mutante porque se han hecho pruebas nucleares en la zona.

Hechosdehoy / José Antonio Ruiz
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Pues sí, sí. Y es tan soberano como España, los “iunaited esteits of America” o el brandy. Hoy os voy a contar un viaje raro, en un lugar muy remoto y probablemente desconocido para la mayoría.

Antes de nada, espero que os gustara la entrevista con Isabel Gemio sobre Proyecto Mzungu en la radio. Gracias a todos los que os habéis sumado a la aventura de facilitar un futuro mejor a los más necesitados a través de la Educación. Si buscando el proyecto habéis llegado aquí, no os preocupéis, ¡soy la misma persona! y estáis más que invitados a quedaros a pasar un buen rato leyendo sobre el mundo. En cualquier caso, Proyecto Mzungu tiene su propio blog (que también escribo yo) y si os perdisteis la entrevista, aquí la tenéis (desde 1:27:13 hasta 1:55:15).

Dicho esto, vamos a dejar mi lamentable baile con los Yacouba en Costa de Marfil de la semana pasada y pegamos un salto de muuuuchos miles de kilómetros para irnos al Pacífico. En concreto, a las Islas Marshall que se encuentran en la región de Micronesia. Recordad que Micronesia no es un país, ¿eh? Aunque en esta región hay un país que se llama Estados Federados de Micronesia.

¿Os acordáis de un pescador mexicano de origen salvadoreño que salió de México en 2012 y apareció en el 2014 en una isla remota, remota, pero remota, con la barba hasta los pies? Pues donde apareció fue precisamente ahí, en las Marshall. ¿No os acordáis?

Bueno, pues igualmente ahí. Jo, me imagino la conversación cuando le encontraron (sin malicia, ¿eh?):

Pescador: Órale weyes, ¿¿a poco no hay un pinche antro por acá para tomarse una chela o qué pedo?? ¡¡Con lo que me ha costado llegar, wey!!
Guardacostas: No señor, cerraron el chiringuito antes de abrirlo porque, aparte de usted, por aquí sólo ha venido de visita el tarado ese del TravelZungu…
Pescador: Ah, si… bien chingón el TravelZungu ese, si… Como crees, debo de ser el primer wey que comparte destinos tan raros con él… que de poca madre… pena no haber coincidido, no manches… pero como que me entretuve alguito por el camino, como ves…

Pobre hombre, la verdad. Lo que debió pasar (aunque se dudó mucho de su relato). Desde aquí le mando un abrazote hasta mi querido México.

Para situaros en el mapa, os diré que estas islas se encuentran entre Hawaii y Papúa Nueva Guinea o, lo que es lo mismo, entre Asia y América. ¿Estamos todos? Seguimos… Son 29 atolones y cinco islas en medio del océano. Su capital, Majuro (como en el caso de Tuvalu), es uno de esos atolones.

Como en muchas islas del Pacífico, el primer europeo en echarse un pis por allí fue Alonso de Saavedra en 1.526 pero como al pescador y a mí todavía nos faltaban unos años para llegar, decidió no esperar y siguió ruta. Yo llegué en avión desde los Estados Federados de Micronesia y mi primera experiencia con el lugar fue precisamente dentro del mismo.

Había una azafata muy guapa de nombre Christine que se sentó un momento a mi lado. Como no es muy normal que se te siente una aeromoza al lado durante un vuelo, pues yo… oye, soltero y sin compromiso… tengo derecho, ¿no? Bajé una ceja, subí la otra, me arrimé un poco y con la voz más seductora que me salió le dije: “How’r u doin’?” o lo que es lo mismo: “¿Cómo estásss?”. Y me respondió: “¿Vas hasta Honolulu?”. En ese momento pensé que me había equivocado de destino porque ella seguro que iba hasta allí y no me quedó otra que decirle: “No, me bajo en Majuro, Islas Marshall”.

Ella saltó como un resorte con un sonoro: “¿¿¿Pero qué carajos vas a hacer ahí???“. En ese momento, ella se levantó, yo me incorporé y mis cejas volvieron a su sitio. Al aterrizar, mientras esperaba mi maleta, se me acercó otro pasajero y me empezó a hablar. Creedme cuando os digo que si tuviese que jactarme de hablar algún idioma extranjero bien de verdad, sería el inglés. Pues yo a este hombre no le entendía nada. Sólo capté que era australiano lo que vino a hundirme más porque, efectivamente, estaba hablando en inglés. Es la única persona en mi vida a la que no le he entendido ni papa.

Varios amigos australianos, a los que entiendo a todos perfectamente, me dijeron un par de lugares en su país del podía proceder este pájaro y que ellos tampoco les entendían. En fin, segundo chasco.

Este país no es un lugar que ofrezca muchas opciones y los días que pasé allí fueron ciertamente curiosos. En vez de turistas, hay marineros, misioneros mormones y algún profesor extranjero que otro. Es un ambiente muy distinto al que se puede encontrar en muchos otros destinos. ¡¡UN MOMENTO!! ¡¡STOP!! ¡¡¡Me acabo de encontrar una cana en el pecho!!! ¡¡¡Por los clavos de Cristo!!! Madre mía, como pasan los años… y digo yo, si es una cana y está al lado del pezón, ¿cómo se le llama… “cazón”? No sé… Continuamos…

Le alquilé el coche a un buen hombre por allí para recorrer atolón y ver las playas del otro extremo. Como buen atolón, no hay más que una lengua de tierra firme con agua a ambos lados. Cuando llegué al final, me di unos paseos por la playa aunque en vez en conchitas marinas bonitas me encontré una silla de ruedas y otro sinfín de cosas. El resto de los días, caminando o en taxi compartido, que sólo van en línea recta (es que no hay otra línea) de un extremo al otro de la ciudad subiendo y bajando gente.

Otro día intenté encontrar a un hombre que supuestamente tenía equipos de buceo y sólo encontré los equipos porque el señorín no apareció jamás, ningún día. Y aquello no es precisamente Nueva York. Ni de poblado ni de grande. Pero es que en estas islas se encuentra el atolón Bikini. Un paraíso del buceo donde seguro que se puede encontrar algún pez mutante porque se han hecho pruebas nucleares en la zona. Al final, mi gozo en un pozo y ni peces mutantes ni bikinis ni nada de nada.

En otra ocasión me adentré en una celebración multitudinaria local y todo el mundo me miraba fijamente como diciendo: “O cantas o te vas”. Carajo, ¡como si me supiera la letra! Parece que no estaban muy acostumbrados a que los extranjeros se integrasen mucho.

La verdad es que no tenían malas infraestructuras para un lugar tan lejano y pequeño. Hasta ciertas modernidades pude observar. Por ejemplo, en un sitio de pollo frito tipo KFC (pero pirata), los baños eran de lo más modernos. Bueno, quitando las cucarachas. Que también, vaya sitio habían escogido mis nuevas amiguitas. Por un momento nos miramos en plan: “Yo no voy a meter la mano ahí para sacaros” y ellas: “Pues de nuestra casa no nos moverán”. Yo no las quería ahogar así que, finalmente, terminamos jugando a las mangueritas pero de perfil.

Mis días allí se acabaron sin grandes aventuras más allá de la sensación tan embriagadora de estar en los confines del Pacífico. El día señalado, mi vuelo a Honolulu (Hawaii) salió en hora aunque sabía de antemano que llegaba tarde a mi cita con Christine… Y hasta aquí, las Islas Marshall. Mi “cazón” y yo os deseamos una feliz semana y ¡esperamos veros por aquí de nuevo! ¡Hasta entonces! 


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