Habían sacado la espada. Esto no parecía una prueba para Augusta. Era algo más allá de un simple moving day. Era el día de ir a por ello. Así vimos a dos héroes en busca de un guión. Rickie Fowler y Ian Poulter dos caballeros para afrontar un reto.
Ambos deben estar hartos de comentarios y de no ganar. Más el inglés que el californiano. Ninguno de los dos tiene victorias esta temporada. Rickie Fowler contabiliza una en 2017, en febrero cuando se hizo con el Honda Classic. Sí, siempre está ahí, en la primera línea de juego, yendo de cara a la conquista. Fruto de ello son las dos segundas posiciones de 2018.
El caso de Ian Poulter podría haber entrado sin forzar nada en el programa Desaparecidos de Paco Lobatón: desde hace más de seis no gana nada en ninguno de los dos grandes circuitos. Perdido. Su última victoria es, precisamente del WGC-HSBC Championship 2012 compartido por PGA y European Tour.
Es mucho, demasiado tiempo fuera de los mejores. Su sueño de jugar la Ryder Cup, es un tren con estación en el Masters de Augusta. Para ese tren sólo queda un billete; es de clase preferente; su precio es muy elevado: la victoria en el Houston Open.
La mala noticia es que, igual que él, y en puestos del top 10 este sábado, había un nutrido grupo de jugadores, fáciles de reconocer por el cuchillo que llevaban entre los dientes. Ellos también necesitan como Ian Poulter ganar este domingo para poder participar en el primer major.
La buena noticia es que viene de quedar 5º empatado en el torneo de la semana pasada. Además exhibe un juego que sigue siendo vistoso y ahora con pinta de más seguro que en le pasado.
Otro dato enormemente positivo podríamos incluir, algo que es decisivo: el inglés ha debido cambiar de estilista. Vestía este sábado un distinguido pantalón azul Bilbao y un polo rosa palo sin complementos chirriantes. Un lord, si me permiten añadir. Y, desde luego, muy lejos de las extravagantes indumentarias con las que ofendía el buen gusto antaño, y que tanto le distraían, pienso yo, de un swing centrado y sereno.
Cuando él hacía el hoyo 13 y Rickie Fowler jugaba el hoyo 8 ambos compartían liderato con otros cuatro profesionales. Llegaron a coincidir hasta siete jugadores en el primer puesto con -12. Con esos guarismos, Greg Chalmers terminó líder en Casa Club.
Duró lo que duro. Poco después llegaba Ian Poulter que con -14 sería el nuevo líder en Casa Club. Merecidísimo. Su imponente juego del sábado de 65 golpes (-7 en día) hizo justicia a sus agallas, a su coraje y a una mente centrada. No es impensable que gane el torneo.
El otro del que hablábamos, Rickie Fowler, no es hombre de temores nunca. No hay que ver nada más cómo da con el putter. Pero aun es mejor ver que cuando está en un hoyo, parece haberse olvidado del fracaso del hoyo anterior. Mira el hoy a los ojos y al mañana las entrañas, para sacárselas y levantarlas como trofeo.
Había empezado el día con tres birdies en cuatro hoyos. Disparado, iba disparado. Pero le frenó el hoyo 6 con un doble bogey. ¿Se arrugó? Para nada, que dice mi primo Gonzalo. Rebotó hacia arriba con birdie en el hoyo 8. Otro bogey en el 11 y otro rebote en el 12 con un nuevo birdie.
Torcer la mano al destino no es cosa para que la haga cualquiera, pero, ¿quién dijo que Rickie fuese cualquiera?
¿Superaría el triple bogey cometido en el hoyo 13? Rickie Fowler tiene un modo de jugar directo, fuerte y sin complejos. Puede cometer errores graves. Pero conserva el tipo de mentalidad y energía que le impulsa a no rendirse. Nadie debería extrañarse si el último día le vemos en lo más alto.
Como este sábado a Ian Poulter que comparte liderazgo en el Houston Open. Es cuestión de mantener los principios y saber manejar con sinceridad las propias convicciones.
El pueblo donde se juega el Houston Open se llama Humble. Humble significa poquedad, achicamiento, un algo humilde. De Joan Baez es la siguiente cita: “Nunca he tenido una humilde opinión. Si tienes una opinión, ¿por qué esa opinión ha de ser humilde?” Si el californiano está en el puesto nº 8 del mundo no es por vivir acobardado, achicado o hecho un flan.
Si Ian Poulter mira al hoyo con decisión no es precisamente porque sea temeroso. El valor y la fortaleza mental dirán su última palabra y no será la cortedad de espíritu quien venza.






