fjrigjwwe9r1_articulos:cuerpo
Comienza el Masters de Augusta, en el Augusta National Golf (Georgia, Estados Unidos). Se trata del primero de los cuatro grandes (majors) del calendario de torneos de golf masculino mundial. Sólo pueden estar los mejores del presente y aquellas glorias del golf que ya se ganaron su exención para clasificarse.
El campo fundado por Bobby Jones y diseñado por Alister MacKencie recibió su primera edición hace 80 años: no se jugó en los años 1943, 1944 y 1945 por la II Guerra Mundial y, por tanto en este año se juega por septuagésimo octava vez.
Todo en Augusta respira distinción, cuidado, orden, detalle, excelsitud. Es un continuo aspirar a la belleza, la armonía y la pasión deportiva. El recorrido de golf se levanta sobre un campo donde se cultivaba índigo. La Índigo Tinctoria, es una arbusto de hoja pinnada y delicada flor rosa con puntito rosas o violetas; de la familia de las legumbre, como éstas, es en extremo benéfica, al fijar el nitrógeno a la tierra. Augusta respira y ayuda a oxigenar pulmones.
De esta planta, él índigo se extrae el tinte inconfundible que no es azul, ni es añil, ni es el intenso azul Klein; tampoco es violeta ni del color romántico del cielo de Sevilla al nacer la noche. Decían que los hipnóticos ojos de
Elizabeth Taylor destellaban en guiños de índigo. No lo sé, pero si le miras de frente Augusta tiene la mirada de color índigo.
Cuando nos veamos dispersos queriendo cubrir sin éxito muchas actividades, algunas contradictorias, podemos recordar que el Augusta National Golf Club, trabaja focalizado en una sola cosa: el Masters, la primera gran prueba del calendario profesional oficial. Energía y foco. Energía porque sus organizadores saben que por debajo de la perfección sólo reside la mediocridad. Y foco porque cualquier atención distraída de la gran prueba es una desatención a su designio de perdurar como la cumbre del golf mundial. Augusta tiene mente de gran emprendedor.
Sabemos, sin embargo que para alcanzar la cumbre, y más para perdurar en ella no basta la mente. La mente acaba engañando con la soberbia a quien no pone la voluntad humilde de querer aprender que los días pasan pero el reto permanece. No sólo los socios están pendientes. La PGA y la USGA saben que acabado un
Masters, el siguiente les espera y el fallo no es una opción.
Pero sobre todo los profesionales, y más que ninguno quienes se ven con opciones de participar en este “grande”, procuran no perder comba y luchar por estar entre los invitados a la gran fiesta del golf mundial. Este año lo han conseguido 91 profesionales y 6 amateur. ¿Qué tienen por delante? Cuatro días para mostrar su capacidades. Cuatro días para demostrar su estado de forma y su fuerza mental, pues ese recorrido no da tregua: no hay margen para la ensoñación. Así son las grandes pruebas en la vida y en el golf y Augusta tiene corazón de humano desafío.
Pero ni el corazón de humano desafío, ni la mente de gran emprendedor, ni siquiera esos ojos color índigo son capaces de levantar por sí solos tal capacidad de atracción en millares de personas que aspiran a vivirlo en directo o apasionarse por televisión.
Un icono – y Augusta es su epítome – lo es sobre todo por los frutos inmateriales que se desprenden de su propuesta. Vuelvo al principio: mucha gente ama el golf y sabe que verá el mejor. Mucha gente se deleita con los eventos bien organizados y éste exhibe las mejores. Mucha gente quiere admirar un conjunto arquitectónico y paisajístico elaborado con mimo y en Augusta, desde sus señorial Casa Club – madera blanca, ventanas cuarteadas, tejado de suave inclinación de pizarra – hasta el preciso y bello recorte de las calles, como una marina de Hopper – todo invita a la serena contemplación, al menos hasta que se desenfunde el primer driver este jueves que descorcha tensiones deportivas.
Amigos, si no están entre los afortunados que seguirán a esos colosos del golf por un recorrido con un nombre de flor para cada hoyo, véanlo en televisión o estén atentos a las buenas crónicas que se verterán en la prensa.
Pero sobre todo, aconsejo ponerse en el ánimo de gente como Ángel Cabrera al que dos milímetros de hierba bermuda apartaron del triunfo del año pasado. O en el de esos cuatro españoles – José María Olazábal, Sergio García, Miguel Ángel Jiménez y Gonzalo Fernández Castaño – que parten con opciones de conquistar la célebre chaqueta verde de 2014.