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CURIOSIDAD Y AISLAMIENTO

Bielorrusia, desde Minsk al Castillo de Mir y los grandes bosques

Amplios paisajes, pintorescos pueblitos y una capital con grandes avenidas y edificios monumentales, un "feeling" de años setenta y muchos bares y restaurantes.

Hechosdehoy / José Antonio Ruiz
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Bielorrusia es un país muy poco visitado por los turistas. Lleno de contrastes de modernidad y reminiscencias soviéticas. Gentes amables y curiosas que viven en una especie de aislamiento con respecto a sus vecinos tras la caída del Muro de Berlín.

Dejamos atrás la nube de mosquitos y la filosofía de Unamuno que me dejó patidifuso en Gabón, África y damos un salto a la Europa Oriental profunda. Hoy nos vamos a Bielorrusia (o Belarús) o Белоруссия para que todos lo entendamos mejor. ¿Y dónde está Bielorrusia? Pues a lomos de Ucrania y dándose besos de tornillo con Rusia. También tiene fronteras con Polonia, Lituania y Letonia. ¿¿Y eso de “Bielo”?? ¿¿qué carajos es?? Pues significa “blanco o blanca”. Así que lo que obtenemos es la Rusia Blanca.

Ya os he contado en alguna ocasión que me encantan los países a los que nadie va y Bielorrusia no es una excepción. Ese placer de caminar entre las gentes del lugar lejano como uno más sin que puedan sospechar que tan sólo el mero hecho de hacerlo es lo que te lleva hasta allí me fascina.

Tras la caída del Muro de Berlín, Europa Oriental ha sufrido muchos cambios. El capitalismo se ha instalado en sus entrañas y sus habitantes anhelan lo que veían (o han podido ver después) del otro lado. Pero el caso de este país es algo distinto. Por diversos motivos, sigue en muchos aspectos anclado a ese pasado.

Además, mira más a su vecino del Este que a los del Oeste. ¿Decisión propia o impuesta? Habrá que preguntárselo pero aquí no estamos para debatir eso, ¿no? Pues seguimos… Lo primero que me sorprendió en mi camino hacia Belarús fue encontrarme a otro español en el avión. El pobre no hablaba ni papa de inglés y en la escala que hicimos para llegar a Minsk, la capital, estaba enzarzado con los agentes de seguridad (que hablaban algo más del idioma de Shakespeare sin ser precisamente éste) porque su pasta de dientes iba en su equipaje de mano y no se la dejaban pasar.

Me acerqué para echarle una mano porque estaba sudando la gota gorda aferrándose a su dentífrico anti-sarro. No me quiero imaginar la cantidad de placa que tenía este hombre en las fauces. Al final, pude explicarle al agente que, aunque el tubo marcaba un peso de 125 gr., el volumen era inferior a 100 ml y, un poco a regañadientes, nos dejaron ir. El sarrazo de mi nuevo acompañante estaba a salvo.

Era un tío majísimo que estaba allí por negocios y los primeros días nos vimos en varias ocasiones para visitar la ciudad, salir de copas y hasta para ver un partido de la selección española de fútbol en un bar lleno de gente dándolo todo. A los que os gustaba la serie Friends seguro que os suena Minsk porque era la ciudad a la que se fue a hacer un trabajo de investigación uno de los novios de Phoebe (“Fibi” para los amigos). Gran serie Friends. Lo máximo.

El aire de la ciudad es algo “soviet” con mucho concreto gris, grandes avenidas y edificios monumentales. Muy limpia y con un feeling algo “setentero” a veces pero agradable y con muchos restaurantes y bares. Como dato, os puedo decir que Bielorrusia es el país con mayor índice de consumo de alcohol per cápita del mundo. Con dos…

En las inmediaciones de los bares y dentro de los mismos había muy buen rollo. Jóvenes (así como yo, súper “jovenasso”) por todos lados que, aunque me miraban con curiosidad, hacían gala de una gran hospitalidad. ¿Sería porque ya no tengo 20 años? No creo, “jovenasso, jovenasso”. Nunca desaprovechaba la ocasión de perderme por las calles de los barrios para ver cómo viven su día a día.

Echaba un vistazo a veces por las ventanas de los bajos para ver cómo eran sus salones, me fijaba en la ropa tendida de las terrazas, me asomaba por las esquinas de los parques. En un momento dado, me di cuenta de que lo mismo empezaría a parecer sospechoso y aceleré el paso ¡a ver si me iban a tomar por ladrón o acosador!

Lo de los hoteles era algo impensable en nuestras sociedades occidentales. Fijaos. Muchos hoteles tenían bar y/o discoteca como parte de sus instalaciones. Hasta ahí, ok, puede ser. Pero también tenían casino. Ok, venga va, aceptamos casino. ¡Pero es que también tenían puticlub! Y no era el mismo local que los otros. Cada centro de “ocio” tenía sus instalaciones pero todo dentro del hotel… Supongo que hay gente que ni sale. Pensarán: “¿Paquéee?”

Cuando mi nuevo amigo se fue, me busqué a alguien local que me sacase de Minsk para ver qué se cocía en el interior del país. Vimos grandes bosques (paraíso de los cazadores), amplios paisajes, pintorescos pueblitos y el Castillo de Mir y sus alrededores, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Apacibles y tranquilos sus extensos campos.

Mi nueva amiga llamó a una pareja de amigos suyos para tener un medio transporte y cuando ya me veía metido en un coche soviético de los años sesenta sin aire acondicionado y un tosco botón nada más (que no me importaba en absoluto. Hasta me parecía genial la idea), aparecieron en un BMW serie 5 con todas las comodidades…

Y el tiempo en Bielorrusia se me agotaba pero no dejamos de ir a comer los platos típicos en acogedores restaurantes y otros establecimientos antes de continuar mi periplo viajero. El momento llegó y me dispuse a coger un tren con rumbo a Lituania pero nos habíamos entretenido entre tanta comida suculenta que llegamos corriendo al andén y con el tren ya en marcha. ¡Estresado!

Yo quería darle una propina adicional a mi amiga por pasar tanto tiempo conmigo y ser tan buena gente así que me tocó saltar al tren al tiempo que me metía la mano en el bolsillo para sacar un billete y casi me como un poste. Finalmente, propina entregada y, como si de un tetris se tratara, tuve que abrirme hueco en mi vagón de tercera clase para terminar sentado de perfil, rodilla contra rodilla y con muchos recuerdos en mi memoria.

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