Ian Poulter, el inglés incombustible y su victoria en HSBC, en China, tendrán que esperar: ha estado magistral y merecía un buen post. Pero antes de sentarme al frente de mi ordenador, en casa me han puesto las noticias con imágenes de la familia de Belén Langdon Real, tras su muerte.
La joven madrileña de 17 años ha fallecido -es la cuarta- a causa de las severas lesiones sufridas en la macro-fiesta del 31 de octubre en el Madrid Arena.
Suelo escribir humoradamente. Me gusta pasarlo bien y hacerlo pasar bien al que posa su vista sobre mis letras. Si el lector amigo navega en mis anteriores aportaciones podrá en algún caso tropezar con alguna mordacidad si estoy inspirado o con alguna ironía si el humor se ha hecho tan espeso como mis capacidades. Pero de ordinario me río cuando escribo y lo celebro casi todo con entusiasmo.
Hoy hablar de Golf & Manners, de golf y valores, sólo tiene sentido si acudimos a la metáfora de lo esquiva que es la felicidad aquí abajo: qué difícil es hacer el gran partido.
Y sin embargo hay personas que lo logran de manera admirable. Personas como Nicolás Langdon y su familia, que nos han mostrado el camino para afrontar graves y trágicos episodios. Nicolás es el padre de Belén y su alocución a la prensa a las puertas del tanatorio debería ser trending topic sobre dolor y paz, sufrimiento y gloria.
El camino mostrado por los padres de Belén es una impresionante lección de serenidad, fe y abandono en las manos de Dios. Cuando ante la menor contrariedad estamos quejándonos, dispuestos a arrancar la piel al gobernante de turno; cuando apenas vemos más allá que nuestro insignificante problema personal; cuando nos desarbolamos exigiendo castigo y un rayo del cielo frente al coche que nos cierra el paso en el atasco o ante el jefe que nos habla desabrido; cuando, en fin, carecemos de altura de miras, viene la familia de Belén y te dice que su dolor es muy grande, pero que pueden sobrellevarlo sabiendo que hay un designio de bienaventuranza que más que sostener al alma la fortalece ante el riesgo de rotura por desesperanza.
¿Qué se puede responder? Depende de la personal visión del mundo, de la vida y de la muerte. Pero las declaraciones de Nicolás Langdon ante micrófonos y bolígrafos de periodistas marcan ese profundo espíritu deportivo llevado -¿por qué alas?- a su máxima expresión.
Y Nicolás sabe un rato de padecer: padre de siete hijos habrá sufrido como toda familia grande. Me viene a la memoria una vez que debía afrontar una gestión comercial con un amigo de mi padre, un prócer local que tenía familia numerosa y, para preparar la entrevista, pregunté a mi padre que tal era aquel sujeto. Papá, levantó la vista del El Correo Español (así se llamaba entonces) y me dijo:
– Tiene diez hijos- y volvió al periódico.
– Pero, ¿cómo es él? – insistí.
Mi padre, esta vez sin dejar la prensa, zanjó:
– Pues con diez hijos si no era bueno, ellos le habrán hecho excelente.
Y además de la familia, el trabajo: arquitecto de profesión, frente a la falta de encargos fue primero a Malta con los pequeños. Cuando le sorprendió la noticia de la tragedia ya trabajaba en Brasil, donde había ido sin los hijos -atención al dato- para no perjudicar su educación. Hasta allí, en este puente de tan frágiles cimientos, había ido la madre de Belén para pasar unos días con su marido, y allí recibieron la información, el mazazo de la tragedia.
No pudieron los padres encontrar vuelo inmediato de regreso, pero el calor familiar estaba garantizado en esas primeras horas alrededor de Belén en el hospital 12 de Octubre: hermanos, otros parientes, compañeras y profesoras del Colegio Aldeafuente y un mar de oraciones pedidas por redes de internet abrigaban el frío de un dolor adolescente.
No se pudo hacer más. Hay puertas que a todos se nos abrirán un día. Y sentimos añoranzas de que cuando tengamos que traspasarlas sepamos dejar, como han grabado Nicolás y su familia, un rastro de esperanza luminosa para los cercanos.
Yo, Belén, no he querido hablar de ti. Tienes nombre de Nacimiento y de vida sagrada que comienza; por eso, con tus padres, con tus hermanos y con esas amigas tuyas solo me quedo, y agradecido de esta prueba tangible de que el gran Master de la vida se gana como los tuyos, sabiendo dónde está ese horizonte que importa. Y, para alcanzarlo, hay que hacer de cada jornada un swing digno, un recto movimiento del alma sencillo y armonioso, redondo y perfecto, que ponga alegría en los demás jugadores de esta vida, de este recorrido que tú, Belén, nombre de mazapán, has completado satisfactoriamente. Recoge tu premio.






