Hay países que se graban en la mente para siempre y Bangladesh (o Bangladés) es uno de ellos. No creo que nadie pueda decir lo contrario y si alguien lo hace, probablemente nunca ha estado allí. Así que nos vamos de nuestra querida Guinea-Bissau de la semana pasada a Asia.
Bangladesh es de esos países en los que realmente te sientes en otro mundo. Los olores, las personas, las calles, las sensaciones, la comida… La gente es entrañable, amable, hospitalaria, auténtica, pobre en su mayoría…
Tiene tintes similares a la India: poco espacio vital, basura en las calles, pobreza… Pero, por muchos motivos, da gusto estar allí. Se siente uno compenetrado con la vida.
Viajaba con Antón, un gran amigo. Él llegaba de Hong Kong y yo de Taiwán y allí estábamos, en Daca, listos para una aventura que recordaremos toda la vida. No fue un viaje largo pero sí cargado de momentos.
El recibimiento no pudo ser más refrescante. Queríamos un hotel local, auténtico y eso es lo que obtuvimos. Mientras entrábamos por el lobby, los afanados trabajadores sacaban una rata con un palo. El olor a aventura circundaba el ambiente.
Nos cambiaron cuatro veces de habitación y eso que nos habían dado un flamante “upgrade”. Que si con cama de matrimonio, pues no. Que si el baño no funcionaba, pues tampoco. Que si el aire acondicionado estaba muerto, pues menos. Al final, una habitación con dos camas, baño operativo y aire acondicionado potente… y un olor a naftalina… muy refrescante… pero todo quedó arreglado cuando echaron un spray “matabichos”… y casi nos matan a nosotros también. Buscábamos experiencias, ¿no? Pues toma.
Pasamos un par de días en Daca conociendo sus rincones, dejándonos llevar en bicicleta o carruaje o “carrocleta” o como se llame. Nos sentíamos como la reina de Inglaterra pero sin reina y sin Inglaterra. Bueno, y sin glamour alguno. Pero risas todas. Comimos de todo (aunque al final siempre era lo mismo o eso nos parecía), hablamos con mucha gente y caminamos de lo lindo.
Una noche salimos a dar una vuelta por las calles cuando una “rafaguilla” de olor intenso y bastante desagradable llamó nuestra atención. Nos dimos la vuelta y, como a 10 metros, había una señora vestida con muchos ropajes en una actitud singular. Como allí es difícil que te dejen sólo e íbamos con un séquito de nuevos amigos, les preguntamos: “¿Quién es esa mujer y qué hace a estas horas por aquí?”. “Es una prostituta. Son tres dólares”, nos dijeron. Os hacéis una idea de la situación y de la economía… una pena… y pobre mujer…
Viajar siempre te abre la mente y te da muchas lecciones. Damos un sinfín de cosas por sentadas y no somos conscientes de las realidades foráneas y, ojo, de las propias también. Todavía no he hecho un viaje en el que no haya aprendido algo.
Saliendo de la capital tuvimos oportunidad de visitar la que antaño lo fue, Sonargaon y sus alrededores (Panam City y otros). Es una delicia ver una arquitectura tan elaborada, las calles abandonadas, el eventual pastor con su cabra… ya nos estaba dejando el país muchas fotografías mentales pero lo mejor estaba por llegar.
Nos montamos en un barquito que nos llevó río arriba, hacia la profundidad del país. Pasamos horas y horas viendo las aldeas de sus orillas, a los pescadores echando sus redes, embarcaciones con gente saliéndose por todos lados…
No llegábamos nunca y yo pensaba de coña: “A ver si este río está comunicado por aquí o por allá…¡¡y aparecemos en el Vicente Calderón!!”. Pero al final, llegamos a un pueblito en el que nos esperaba un coche que nos llevaría otro buen rato hacia el interior. Cuando ya teníamos el culo cuadrado, llegamos.
En estos viajes siempre pasa, aunque uno se acostumbra. A mí ya me da igual cuantas horas sean pero, de pequeños, a nuestra repetitiva pregunta: “¿Cuánto faaaaaaltaaaaaaa…? O ¿Cuándo llegaaamoooos…?, nuestros padres nos decían: “20 minuuuutos…” o “detrás de esa montaaaaaña…”. La verdad, nos tenían que haber dicho: “¡Llegaremos cuando tengáis el culo ‘cuadrao’!” porque, a menos que fueras a comprar regalices de fresa al quiosco, a los sitios se llegaba cuando tenías el culo ‘cuadrao’, ¿o no?
No recuerdo con exactitud el nombre del lugar porque era un poco impronunciable (y eso que yo hablo idiomas… guan, chu, tri… guayominí du puá… hakuna matata… pero ese nombre…).
Una vez allí nos vino a recibir toda la aldea. Parecíamos importantes, ilustres. Nos faltó saludar a derecha e izquierda con donaire y recibirnos el jefe con la llave de la “ciudad” en la “plaza” principal. Supongo que, al no haber plaza, no hubo tal evento pero que teníamos la llave, la teníamos.
Nuestros anfitriones nos dieron un paseo por las casi desiertas calles (claro, porque estaban todos con nosotros) hasta llegar a la “tienda” de sus padres. Allí vendían “lunguis” (una especia de falda tubular que llevan todos los hombres) y, aunque tratamos de hacernos los “longuis”, había tanta, PERO TANTA gente a nuestro alrededor esperando a conocer nuestros gustos, que compramos sendos “lunguis”.
No podían ser los baratos, no. A distinguido visitante, elegante prenda. Lo cierto es que ¡ya no nos quitamos el “lungui” hasta que nos montamos en el avión de regreso a casa! Ya saldremos un día por ahí con nuestros relucientes lunguis. ¡Ligaríamos de lo lindo!… o no…
Lo que iba a ocurrir en esa aldea a partir de ese momento no tiene desperdicio pero eso os lo cuento la semana que viene…
¡Que tengáis buena semana!
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