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MEMORIAS INDELEBLES (y II)

Bangladesh fue una fiesta y el caso de la niña de la maleta

Nunca nos imaginamos lo que iba a ocurrir cuando empezaron a cantar y a hacer sonar sus instrumentos. Estábamos tan integrados que empezamos a bailar.

Hechosdehoy / José Antonio Ruiz
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Seguimos con el relato de Bangladesh, ese gran país. Si no leíste el post anterior, haz click aquí. Terminábamos la semana pasada en una pequeña aldea en la profundidad de Bangladesh. Ya éramos los protagonistas de la comunidad. Nos conocían todos y, si no, estaban a punto de hacerlo…

Antes de cenar nos metimos en el “bar” a tomar un café. Estábamos todos apiñados, pero mucho, hombro con hombro y nos echamos unas risas con jóvenes y mayores. Intercambiamos historias sobre esto y aquello y hacíamos malabares para mantener el contenido de la taza en su sitio. Era hora de irse a comer algo y a esperar al grupo de música local que nos iba a deleitar con sus piezas más solicitadas.

Nunca nos imaginamos lo que iba a ocurrir cuando empezaron a cantar y a hacer sonar sus instrumentos. Estábamos tan integrados que empezamos a bailar. Ellos nos acompañaron (los músicos y todo el pueblo que también estaba allí). Poco a poco el tono fue subiendo, todos cantábamos, cada vez se sumaba más gente y bailábamos casi sin espacio (“bailaaaaar pegaaaaaados es bailaaaaar…”).


De repente, como si nos hubiera poseído un demonio, comenzamos a saltar, a gritar ¡¡¡TODOS A LA VEZ!!! Nos quitamos las camisetas y las ondeábamos en el aire…¡¡cada vez saltábamos todos más alto, gritábamos más fuerte!! ¡¡¡¡La locura se apoderó del lugar!!!! Desde ese momento, y en adelante, éramos todos como hermanos.

El buen rollito se acabó cuando, pasada la euforia colectiva, le dimos una propina a los músicos y, por lo que se ve, no fue suficiente. Se extendió la voz por todo el pueblo. Qué vergüenza. Les hicimos volver a golpe de: “¿Os hemos dado un billete verde? ¡qué malentendido! ¡queríamos daros este azul…! (miradita del tamborilero)… y este rojo… (otra miradita)… y este marrón…”.

Ya salvada nuestra reputación en la comarca, nos fuimos a jugar a las cartas con nuestros anfitriones y sus amigos. Nunca llegamos a entender el juego pero nos sentaban allí y cada uno tenía una persona al lado que nos iba diciendo qué carta había que tirar… Pues ni así ganamos…

Todos los nombres de los allí presentes terminaban en “on”. A saber: Papón, Sumón… hasta Mamón (no es coña)… mi amigo es Antón, yo Joseantón… sólo faltaban Matón, Faltón y Tampón…

Durante las comidas había una especie de guerra o, más bien diría yo de concurso, de sorbidos. En la primera ocasión, Antón me miraba perplejo. Yo le dije: “Tú sorbe, sorbe alto y fuerte, ¡¡como si no hubiera un mañana!!”. Tras cada sorbido mirábamos sonrientes a nuestro alrededor con la cara boba. Y nuestros estruendosos sorbidos se mezclaron con los suyos. Y fue así como nos terminamos de integrar del todo. No hacía falta hablar bengalí; un buen sorbido lo decía todo.

Un día visitamos la escuela local y la escuela de Corán (Bangladesh es un país mayoritariamente musulmán). En la primera hasta di una clase de geografía ante la atenta mirada de los estudiantes (y del séquito). Y, en la segunda, mantuve una profunda conversación con el profesor sobre el Islam. Estas charlas son una de las mejores formas de entender y aprender de nuestro mundo. Me encantan.

Nuestro días allí transcurrían entre visitas al mercado (con el séquito, por supuesto), charlas con las gentes, exploraciones de templos devorados por la selva y hasta una pequeña fábrica de pashminas algo lejos de allí.

Eran personas sencillas, cercanas, con sus ilusiones y sus momentos. Felices de enseñarte su cultura, su acontecer. Gente de verdad. Personas ajenas a la carrera de ratas en la que se han convertido nuestras sociedades.

Nos habían dicho que una madre quería que nos llevásemos a su hija para desposarla. Nos quedamos estupefactos pero no terminamos de creérnoslo, aunque el tiempo vino a decirme que ocurriría más veces después en mis viajes.

Lo que sucedió el último día fue impactante. Allí estábamos, cargando el vehículo con nuestras cosas bajo una lluvia incesante para volver a casa cuando apareció la mencionada madre con su hija de 13 años. A su lado, una maleta. En su cuerpo, sus mejores vestimentas. Era cierta la intención de la madre. A mí me recorrió el corazón una fuerte amargura y una intensa tristeza.

La niña con su maleta, empapándose, no sabiendo muy bien lo que ocurría. La madre rogándonos que, por favor, nos la llevásemos. Y me queda claro que no era por que no recogía su habitación. El sueño de una vida mejor para sus hijos impera en los corazones de los padres. Desde aquí, buena señora, créame, no todo es oro lo que reluce al otro lado aunque le entiendo.

Amablemente declinamos su ofrecimiento y nos despedimos. El coche se puso en marcha y veíamos cada vez más lejos a la madre y a su hija bajo la lluvia, con los ojos alicaídos… como si se fuese un tren que jamás volvería a pasar…

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