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Parece que Asia nos ama. Miguel Ángel Jiménez es el rey de Hong Kong, ciudad, por cierto, que tiene estos días a sus propios Podemos en la calle, no porque quieran socialismo real como los de aquí, sino sacudirse el que ya padecen. El malagueño venció en la antigua colonia británica en tres ocasiones 2008, 2012 y 2013.
Por su parte, Sergio García que estará en el CIMB Classic de Kuala Lumpur, ya ganó en la temporada 2013-14 el Masters de Catar, y el año anterior el Thailand Golf Championship, perteneciente al Asian Tour. De este circuito posee otras cuatro victorias desde 2002.
También degustó la mieles del triunfo asiático Rafael Cabrera Bello, cuando en 2012 se hizo con la victoria económicamente más importante de su carrera, el Omega Dubai Desert Classic.
Por su parte Alejandro Cañizares fue 5º en el Masters de Catar en enero de 2014. Y el gaditano Álvaro Quirós luce en su palmarés una victoria en Catar en 2009 y dos en Dubai (Desert Classic y World Championship) en 2011.
Las chicas juegan en el sugerente campo de Miramar Golf Country Club (Taipei) el Fubon LPGA Taiwan Championship . No han llovido los títulos pero todo pinta que pueden llegar pronto, con permiso de las intratables coreanas.
He dejado para el final el torneo que se disputa en Shanghai, perteneciente al Circuito Europeo masculino. Y lo dejo para el final para recrearnos con la memoria del último triunfo de Gonzalo Fernández Castaño. Defiende título en el BMW Masters, ganado con todo merecimiento hace un año en esa ciudad de más de 20 millones de habitantes, capital económica del continente.
La nómina española en Shanghai se amplía con otros cinco campeones: Rafael Cabrera Bello, Alejandro Cañizares, Miguel Ángel Jiménez, Pablo Larrazábal y José María Olazábal.
Cómo nos hizo disfrutar – y padecer – entonces
Gonzalo cuando con un juego espectacular y eficaz desfilaba por la hoja de una espada hasta el último putt. ¿Se acuerdan? Ganó por un golpe al italiano
Francesco Molinari y al tailandés
Tongchai Jaidee. Iba tan estupendo que los nervios empezaron a asomar y faltó poco para que la armara en el hoyo 18, del que salía con tres golpes de ventaja.
Así lo reconocía el propio jugador: “A partir del hoyo 5, donde he dado un tiro muy bueno, le he pegado a la bola sensacional. En el 18 he intentado jugar demasiado conservador y por poco la lío; pero venía con tres golpes de ventaja, con una vuelta sin bogeys y sin meterme en problemas, y he conseguido ganar. Estoy feliz”.
Esas dos palabras – estoy feliz – son difíciles de escuchar en golf. Y en la vida. En ésta por diversos motivos: ordinariamente por desalienación de acciones propias con propósito de la vida. También por falta de amor: de darlo y de recibirlo.
En golf la felicidad tiene fundamentos más livianos: se escapa ante la inmensidad de esta actividad compleja en la que todo afecta a casi todo y puede perturbar hasta el espíritu más sereno. Sir Nick Faldo lo definió más literariamente: “como decimos en casa, … Shakespeare pudo haber escrito algunas obras de teatro, pero no pudo crear un drama como éste”.
El martes, yo había hecho en la Liga de mi Club 33 puntos Stableford. Un buen resultado teniendo en cuenta que, como suelen declarar los entrenadores de fútbol tres telediarios antes de que los despidan, “la Liga es muy larga”. Sin embargo no las tenía todas conmigo. Ya Shakespeare en El Rey Lear (Acto V, Escena III) puso en boca de Lear estas sugestivas palabras acerca de su fiel Cayo: “Era un buen muchacho; pegaba fuerte y rápidamente, te lo juro. Muerto está ya, y podrido”.
Espero que no sea mi caso. Porque, como decimos en mi club “siempre nos quedara el Hoyo 18”, donde todo es posible y puede asearse una tarjeta lo suficiente como para que a uno le sepa bien la cerveza en el bar del Club. Mientras yo llevaba mi resultado con los mejores ánimos de mi estirpe, recibí un whatsapp escrito en caliente sobre el verde tapiz del último hoyo por otro jugador: “par en el hoyo 18: de dos a green”, es decir, un amigo que enjugó las lágrimas de una tarjeta regular gracias a pasar el lago del segundo golpe y hacerle el par al hándicap 3 del campo.
Es la vida: hecha de pequeñas alegrías que borran las manchas hirientes de una jornada. Es el golf, que puede con una victoria hacer feliz a un profesional como Gonzalo Fernández Castaño y elevar al séptimo cielo al que yacía en el bunker del hoyo anterior. Gonzalo tiene un nuevo horizonte y ganas de acometerlo, y eso también es signo de vitalidad.