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NI WENTWORTH NI SOCIOS A SALDO

Ser un caballero, ser una dama no es imposible y el golf ayuda

Comprendo las necesidades económicas por las que han pasado ciertos clubs. Ello les ha llevado a algunos admitir como socios sin más requisitos que los económicos. ¿El dinero lo es todo?

Hechosdehoy / José Ángel Domínguez Calatayud
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En algún club basta, al parecer, que el candidato tenga capacidad económica suficiente para pagar los derechos de admisión (importante cantidad a fondo perdido) y, presumiblemente, para hacer frente a la cuota mensual (la propia, la de su cónyuge yla de sus churumbeles).

Así están las cosas: o subimos las cuotas a los socios existentes o ampliamos la base de población para que haya un número mayor de contribuyentes. La primera opción es difícil, diría imposible, hacerla en tiempos de crisis económica salvo en distinguidos clubs con distinguidos socios detentadores de distinguidas fortunas. Es lo que hicieron los nuevos propietarios de Wentworth como luego contaré.
La segunda opción – captar nuevos socios – tampoco es que sea pan comido en los citados tiempos de crisis, pero tiene el beneficio de que no irritas a la población existente metiendo la mano en su cartera.

Donde no hay harina todo es mohína. Cierto: se trata de adoptar una decisión prudencial y, como diría mi prima Margarita, ad casum. Esto último porque evidentemente no es el mismo problema el del Wentworth Club que o de la Real Sociedad de Golf de Neguri, que la del campo inaugurado en la costa pocos días antes de la quiebra del Lehman Brothers y que se pretendía apalancar en una promoción inmobiliaria.

A este último caso pertenece un sucedido que me contó un amigo. Campo de la costa mediterránea rodeado de chalets recién vendidos o por vender. Primavera. Torneo todavía patrocinado por empresa pujante, quizás un banco. En el partido de mi amigo se presenta un sujeto tirando a obeso, con un pedazo buggy tuneado y con bodega de cerveza adosada. El jugador era un descomunal (poco común) monumento  a la falta de etiqueta, cortesía y elegancia.

Vestía en la parte superior un camiseta sin cuello, sin mangas y dos tallas menos de la que le correspondía si nos fijamos en que en cualquier movimiento lucía – es un decir – un orondo ombligo con floración de negro bello. Por pantalones llevaba un tipo de bermudas con más bolsillos laterales que una chaqueta de pescador. Esta prenda ofrecía como longitud ganada por debajo de la rodilla, toda lo que perdía en el tiro, es decir, que la cintura era tan baja que al agacharse el sujeto dejaba visible al final de la espalda lo que el mínimo pudor acostumbra a dejar velado.

Eso sí, el jugador, ruso de nacionalidad, amaba nuestra patria con calor y era todo simpatía: no dejaba de ofrecer cervezas a mi amigo que además era su marcador.

Mi amigo permaneció abstemio las cuatro horas y pico del encuentro. Bastante trabajo le daba el compañero con contarle los golpes: no bajaba de doble bogey en un sólo hoyo. Reconoció que el hándicap se la habían dado esa semana en el propio club.

Llegada la entrega de premios, mi amigo que había hecho un resultado honorable, asistió atónito al reconocimiento público como ganador del ruso feliz: decían por el micrófono que había hecho 3 bajo par. Cuando mi amigo se acercó al organizador para indicarle que quizás había un error y que el resultado no era -3, sino +30, éste, en un aparte le dijo: “calla, por favor, calla: que además de hacerse socio nos ha comprado tres chalets”.

Pues eso: comprendo las necesidades económicas de todos y acaso lo del ruso sea menos lesivo – al menos para los bolsillos de los socios – que lo que hicieron los últimos propietarios de Wentworth Club.

Ser socio de Wentworth Club (Surrey) no era precisamente barato, como podría atestiguar el difunto marido de mi tía Alicia que era miembro muy querido. Aún ahora queda algún primo que lo frecuenta. El caso es que hace un año saltó a la prensa que el Grupo Reignwood (Pekín), que había adquirido el Wentworth Club, había indignado a sus flemáticos socios anunciándoles que, para seguir con su membresía, tendrían que pagar un tarifa de 100.000 libras (112.000 euros) y que la cuota anual duplicaría su importe hasta las 16.000 libras. No sé cómo ha terminado el pleito instado por los socios: el asunto tenía ramificaciones internacionales.

¡Ah, mi Wenteworth! Qué bello era pasear por sus calles o saborear en el muy art decor Burma Bar por sólo 10,5 libras su Cocktail de Champagne, por ejemplo, el French 75 (6 O’clock Gin, Lemon Juice, Gomme Syrup topped with Champagne).

Pero volvamos a la realidad: en las antípodas de la política Wentworth hube de lidiar el otro día en un club de una ciudad de Andalucía con una consecuencia de la política de socio-a-saldo, si me entienden. Y si no mejor se lo explico.
Estábamos en el hoyo 3. Un socio reciente de ese club le explicaba a otro más reciente cuándo y cómo corresponde jugar una “bola provisional” tal y como la víspera había aprendido en un clinic of rules.

El otro, un senior recién incorporado a ese club najo la modalidad socio-a-saldo le interrumpió con cierto aire de superioridad para decirle (es casi textual).

.- Lo que hay que hacer cuando tiras una bola provisional es correr a darle el segundo golpe antes de que el otro encuentre la bola original y te veas obligado a jugar…

Se interrumpió al ver que mi indisimulado cabeceo negacionista parecía el del alce Donner de Papá Noel.
.- Eso no es así – le dije -: usted tiene la obligación de dirigirse hacia la bola original antes de ir a la provisional y buscarla con la diligencia que emplearía un buen padre de familia ante la repentina pérdida de su único hijo.

Me miró admirado y, como justificación añadió este socio-de-saldo.
.- ¡Hombre, si es un campeonato…!
.- Con mayor motivo – le respondí -. En golf el jugador es su primer árbitro y debe a sus compañeros contrincantes la lealtad de un caballero en justa competición.

Lo del término “caballero” debió dejarle perplejo, pues su única reacción fue preguntarme.
.-Usted, ¿de dónde es?
.- De Wentworth (Surrey) – le respondí con humor.
Y creo que aún más rancio si sigo pensando que el honor, la lealtad y los manners deben presidir nuestras acciones en el golf. Y en la vida.
 
 

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