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El mixto de Cumanayagua en San Fernado de Camarones. (Foto: EF)

EL FOGONERO

La extraña muerte de un viajante

Nunca había visto esa cara de Aurelio. Era aún más grave que la “cara de pocos amigos” que tanto mortificaba a Atlántida. Le hizo una señal a mi abuela para que lo siguiera hasta la estación.

Hechosdehoy / Camilo Venegas
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“Luego, durante meses, flotó una atmósfera de tristeza en muchos trenes”. ARTHUR MILLER

Nunca había visto esa cara de Aurelio. Era aún más grave que la “cara de pocos amigos” que tanto mortificaba a Atlántida. Le hizo una señal a mi abuela para que lo siguiera hasta la estación. Cuando estaban a punto de cruzar la puerta que va de su cuarto a la oficina, hizo otra señal para que yo me detuviera.

Mi abuela volvió a la casa con las manos en la cabeza. Abrió el chiforrober y empezó a buscar entre las cosas que ya no se usan. Al final sacó una vieja sábana y volvió con ella a la estación. Antes de cerrar la puerta, me pidió que no saliera de la casa. Ni siquiera al patio, me advirtió.

No recuerdo que me dejaran solo en la casa sin poder ir a la estación o bajar al patio. Algo grave había ocurrido y, por ahora, no tenía manera de averiguar de qué se trataba. Desde la casa solo se oían los esporádicos sonidos de los timbres. Mis abuelos permanecían callados o hablaban en voz demasiado baja.

Por la carreterita vi venir a Meneses. Esta vez yo estaba solo en el panóptico de Atlántida. Venía con más prisa que de costumbre. Eso, al parecer, lo había sofocado. Porque al llegar frente a casa de Felo López se detuvo y se inclinó hacia atrás para tomar la mayor cantidad de aire posible.

El farolero salió a saludarlo. Después de oír a Meneses, Felo levantó los brazos. Parecía no creer lo que estaba oyendo. Felo le gritó algo a Carmen, su esposa, y ella le respondió con otro grito. Pero no entendí ninguna de las dos frases. Meneses continuó su marcha hacia la estación. Felo lo siguió.

Aurelio los recibió en la punta del andén. Eso es algo muy extraño. Normalmente, mi abuelo jamás iría hasta la punta del andén a recibir a Meneses. Los tres hombres estuvieron conversando un rato. Luego salieron caminando para la estación y ahí los perdí de vista.

Para poder saber lo que ocurría tenía que salir a la puerta de la calle. Pero si me había prohibido salir al patio, al andén menos que menos. Por eso no me arriesgué. Pegué al oído a la puerta de la estación. Nada. Ni siquiera parecían estar murmurando. Entonces ocurrió algo aún más extraño.

El carro que traía el pan desde Cruces, un viejo pisicorre pintado de naranja, entró por la carreterita envuelto en una nube de polvo. No me imaginaba que ese destartalado Chevrolet era capaz de correr tanto. Al bajarse, el chofer tomó una gran bocanada de aire, como si la carrera la hubiera hecho él y no el vehículo.

Meneses se le acercó, parecía estarle dando instrucciones. Cada vez que el guardia le decía algo, el chofer asentía. Luego volvió al pisicorre, abrió las puertas traseras y las ató con alambres para que no se volvieran a cerrar. Por último, se sacudió las manos. Pero antes se había persignado. Todo estaba cada vez más extraño.

Una mujer con un coche de bebé apareció por la carreterita. Le costaba mucho trabajo lograr que las pequeñas ruedas avanzaran por el camino de piedras. El chofer del carro del pan corrió a alcanzarla. Ella tomó al niño en sus brazos y él cargó con el coche. Ella pareció darle las gracias y él dijo algo, seguro que “de nada”.

Me asomé por uno de los postigos del primer cuarto con mucho cuidado, para que mi abuela no me descubriera. Los cuatro hombres esperaron al tren de Cumanayagua en atención, con las manos hacia atrás. Detrás de ellos, muy seria y también parada en atención, Atlántida apretaba la vieja sábana contra su pecho.

Los rostros de los pasajeros del 3710 también pasaron muy serios. El tren retrocedió hasta que la casilla del expreso quedó frente a los cuatro hombres. En el piso del vagón había un cuerpo. Al verlo, Atlántida se persignó. Todos ayudaron a bajar al cadáver, por eso la mujer pasó tanto trabajo para subir al tren con el coche y el bebé.

Tendieron al hombre en el andén. Llevaba una pequeña libreta y varios bolígrafos en el bolsillo de la camisa. Entre Meneses y Felo López lo cubrieron con la vieja sábana. Aurelio buscó la carretilla grande del expreso y en ella llevaron el cuerpo hasta el carro del pan.

Luego el chofer desató los alambres, se persignó y se sacudió las manos. Meneses también se subió al pisicorre, que se alejó envuelto en una nube de polvo. Oí a mi abuelo decir que cuando Fito Álvarez, el conductor del mixto de Cumanayagua, pasó pidiendo los boletines el hombre no se movía.

Se había quedado sentado, se dieron cuenta de que estaba muerto porque no pestañaba. ¿Qué sería lo último que vio por la ventanilla? ¿Las lejanas montañas del Escambray? ¿El crucero de la carretera de Cienfuegos? ¿El puente del Guajiro? ¿La estación de San Fernando? ¿el cruzamiento de Hormiguero?

Aunque todo ocurrió alrededor del mediodía, siempre que lo recordaba era de noche o por lo menos con mucho menos luz de la que realmente había. No dejamos de ir a buscar el pan a la tienda de Chena, pero tardamos más de una semana en volver a comerlo.

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