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Gore Vidal pone en boca de Theodore Roosevelt estas palabras dirigidas al magnate William Randolph Hearst: “la verdadera Historia llega después de nosotros. Entonces será cuando se decida si damos la talla o no la damos, y se definirá nuestra grandeza o nuestra falta de ella”.
Leía este fragmento del final de la ficción Imperio, justo en el momento en el que la televisión daba el horroroso resultado de Dustin Johnson en el Hoyo 1. Fueron ocho los golpes que dio en ese primer hoyo y ahí decía adiós a estar en la cumbre. Pero un PGA Championship no es toda la Historia sino un breve capítulo de algunas biografías personales. Éste líder profesional, nº 8 del Ranking Mundial, podrá tener unas horas de frustración, pero el golf, como la vida, no se escribe de izquierda a derecha, ni de arriba abajo: la vida y el golf se escriben de antes a después. Y él así lo hizo, superando la situación con un -3 en el día, -12 en el total.
En esos momentos todavía no había salido al recorrido de Whistling Straits el partido estelar y desde hacía horas la PGA animaba por Twitter a sus seguidores para que se pronunciasen sobre quién pensaban que podía ganar poniendo # antes del apellido del elegido: #Day, #Spieth; #Rose o #Other. Yo me quedé con la idea de fuese quien fuese el que levantase el Wanamaker, ese trofeo de 12 kilos de plata, quien seguro que ganaba era #Golf.
Porque entre el recorrido, el paisaje, la amplitud de la convocatoria de público – presente y televisivo -, y, sobre todo, el juego de los profesionales, el golf de altura estaba garantizado.
Un atractivo menor de la cita a las orillas del Lago Michigan era saber si, en función de las diferentes clasificaciones entre uno y otro, Jordan Spieth arrebataría el Nº 1 del Ranking Mundial a Rory McIlroy: la diferencia antes de este PGA Championship era de 1,07 puntos. Muy corto margen que tendría que esperar al resultado final. Y sí, Spieth lo logró.
Cuando salió al Tee del Hoyo 1 el partido estelar el mejor recorrido del día en Casa Club era -5 que compartían, lejos de los puestos principales, Kevin Chapell y Ryan Moore.
Sin embargo, lo que más importaba era el pulso entre dos de los líderes:
Jason Day vs
Jordan Spieth; australiano y norteamericano; heterodoxia y ortodoxia; explosión y bisturí; Adidas y Under Armour; épica y lírica; magia y orden. Corazón y cabeza. Y los dos iban a poner lo máximo por el prestigio y el buen resultado.
Al empezar Day llevaba dos golpes a Spieth. Y tras las alternativas de los primeros hoyos todo seguía igual: Si el australiano hacía birdie en el hoyo 2, el tejano lo hacía en el hoyo 3. Un bogey de éste en el hoyo 4, lo curaba con un birdie en el hoyo inmediato. Y Jason Day llegaba a distanciarse hasta 4 golpes después de un bogey del americano en el hoyo 9, diferencia con la que acabarían los primeros nueve hoyos.
En esa primera parte de la pelea, se metían Justin Rose, Branden Grace y Matt Kuchar.
Mi impresión, al comienzo de los segundos nueve hoyos es que a Jordan Spieth le pasaba algo; que el partido era para él más trabajo que diversión; más aspereza que suavidad, más pelea que relato: una incomodidad disfrazada de deporte. La pregunta entonces era ¿podría dar la vuelta y remontar ese abismo más interno que de golpes? Pues lo cierto es que no se amedrentaba y como al Cid se podría decirle a él: “el gesto tienes de hombre, los hechos de león bravo”. Pues la mirada iba a la presa y la garra al golpe certero.
Pero no se dejaba alcanzar Jason Day que a cada hoyo afirmaba su autoridad con golpes seguros proyectados antes con su filipina mirada de concentración que con la cara del palo. El viento del Lago Michigan soplaba de popa y se permitió superar el récord de acabar un major con el mejor resultado de la historia: -20.
Venció el de Australia y convenció. Pero su rival del domingo fue de lo mejor que se puede tener en un partido estelar. Finalmente la cosa terminó así: Jason Day -20; Jordan Spieth -17; Branden Grace -15 y Justin Rose -14.
La verdad es que lo que hemos visto en el PGA Championship ha sido una fantasía, un sueño de golf, algo como una apoteósica ficción: “la verdadera Historia es la ficción definitiva. Creí que hasta usted sabía eso”, había sido la respuesta de Hearst a Roosevelt en la novela de Gore Vidal citada al principio.
Pues sí algo de historia hasta el récord y bastante de sueño y emoción hasta la lágrima del campeón.