Cuando volví en 2011 al Paradero de Camarones, después de 10 años fuera de ese cielo protector, descubrí que al pueblo le faltaban dos olores esenciales. Ambos tenían que ver con los alrededores de la estación de ferrocarril, el mundo donde transcurrió mi infancia.
El primer olor que se había perdido era el del alquitrán. Al sustituir las traviesas de madera por las de hormigón en las líneas, se desvaneció aquel vapor oleoso que flotaba sobre el mediodía, impregnándolo todo como si fuera un betún invisible. Aún no sé si era perjudicial o no, de lo que sí estoy claro es de que nos definía.
El segundo olor era el de los tolveros. Cuba producía anualmente más de 7 millones de toneladas de azúcar. Toda la producción de la región central del país era exportada por el puerto de Cienfuegos. Largos trenes de azúcar a granel desfilaban constantemente a través de mi pueblo.
A su paso, los tolveros dejaban un fuerte olor a sacarosa. Como pasaban uno detrás del otro, el aroma no se apaciguaba ni por un minuto durante toda la zafra. Luego, en “tiempo muerto”, le tocaba el turno a los trenes de miel de purga. Estos, además, traían consigo densas nubes de moscas.
Sin esos olores, ruidos y plagas, la calidad de vida del pueblo debería ser mejor. Sin embargo, cuando volví en 2011, los incluí en el inventario de ausencias y ruinas.







