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EL GOLF EN LA CONSTRUCCIÓN DE EUROPA

El equipo europeo de Ryder Cup, sólo por el honor y la gloria del continente

10 españoles en la Ryder Cup: Seve Ballesteros, Antonio Garrido, Manuel Piñero, José María Cañizares, Pepín Rivero, José Mari Olazábal, Nacho Garrido, Miguel Ángel Martín, Miguel Ángel Jiménez y Sergio García.

Hechosdehoy / José Ángel Domínguez Calatayud
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Gracias a los ya habituales buenos oficios de la Jefa de Prensa del Circuito Europeo en España – ¡un hurra por María Acacia!. ¡Hurra! – somos capaces de caer en la cuenta de una realidad contenida en una sola nota de prensa: “Golf es el único deporte que une a países de la Unión Europea compitiendo bajo una misma bandera: la de Europa”.
 
Este es el titular de la nota. Si lo leemos despacio es una carga de profundidad contra el pesimismo, el egoísmo, el separatismo, el escepticismo y la inmadurez, congénita o adquirida tras duro entrenamiento, de tantos pobrecitos que no ven el mundo sino a través del canuto de su ombligado y autorreferencial catalejo puesto del revés.
 
Es una carga de profundidad que debe repetirse para generar más unión. Un amigo mío, remedando los fieles catecismos de toda la vida, decía que las potencias del alma son memoria, inteligencia, voluntad y… “hacerse cargo”.
 
Repasen ustedes el panorama del deporte y reconocerán conmigo, y con la nota de prensa del Circuito Europeo de Golf, que no hay otro ejercicio que reúna con fondo azul y corona de estrellas un mismo ímpetu transnacional en el que jugadores de distintos países europeos formen una única escuadra que se enfrenta deportivamente a la poderosa efigie del Equipo de Estados Unidos.
 
Ryder Cup es un Poema a Europa. Un canto épico una Europa pujante, desarrollada, solidaria y fáustica. El arco de ojiva de las catedrales góticas mira hacia el firmamento para hacerse eterno en un cielo sin límites. Todos los pasos de un peregrino centroeuropeo, codo con codo junto a otros caminantes, buscan Santiago de Compostela en el cansancio de cada recodo: quieren llegar al Finis Terrae, al descanso de la meta mil veces añorada.

Y los colores del Renacimiento, y las costumbres populares, y las páginas de dolor y gloria escritas en una babel de idiomas, y todos los momentos tan presentes de la necesidad de convivir unidos pueden resumirse en la formación compacta, deportiva y alegre de una Ryder Cup.
 

Nos cuentan que 250.000 personas vivieron en directo la última edición celebrada en Gleneagles; que 185 países recibieron la señal televisiva para hacerla llover sobre una inmensa población de 544 millones de hogares que se admiraron no sólo de la habilidad y de la motivación de los jugadores, sino también de la unión de un equipo compuesto por Alemania, Dinamarca, Escocia, España, Francia, Gales, Inglaterra, Irlanda y Suecia.
 
La magnitud del hecho se ha puesto de relieve al hacerse público que una comisión de parlamentarios europeos que iban a estudiar la “Dimensión económica del deporte”, fueron convencidos por dirigentes del Circuito Europeo para que celebrasen esa jornada sobre el terreno, en Gleneagles y no en  Bruselas (¡Vas a comparar!).

Y allí, el miércoles de la competición pudieron utilizar esa cuarta potencia del alma – hacerse cargo – para resetear su propia visión del golf como medio de interés para unir a las personas, las regiones y las ambiciones en una continente necesitado de cuantiosas dosis del realismo optimista que se respiraba junto a Glasgow. El propio presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso escribió después al capitán del equipo Europeo Paul McGinley felicitándose con “orgullo al ver tanta alegría y unión bajo la bandera de Europa”.
 

Y lo que dijo del equipo masculino puede decirse igual, sino multiplicado, del equipo Europeo Femenino de la Solheim Cup: ellas hacen un Equipo Europeo admirable. Y, repito, no hay otro deporte que haga un equipo de sólo europeos o sólo europeas.
 
Los datos tipo guinda del pastel de la Ryder Cup son los referidos a resultados: Europa, que como tal continente juega desde 1979 (antes Gran Bretaña, y desde 1973 Irlanda), ha ganado diez ediciones por siete Estados Unidos. Europa ha vencido en  ocho de las diez últimas ediciones.
 
Y con esta información si las mandamases europeos han llegado a desarrollar esa cuarta potencia del alma – hacerse cargo – la pregunta hay que hacérsela a ellos, a las autoridades nacionales, a las regionales, a los grandes inversores y a todos los responsables de mejorar Europa y el golf. ¿Qué van a hacer? Porque estudiar está muy bien. Recabar información es estupendo. Analizarla es genial. Y sacar conclusiones, negro sobre blanco, es sobresaliente.

Pero quedarse ahí podría ser algo desconsiderado para tanta potencialidad, humana, política y económica. Por ello preguntamos ¿qué van a hacer? Las cartas de reconocimiento son de agradecer. A los aplausos respondemos con una sentida reverencia y a los discurso les prestamos una respetuosa atención, como corresponde a la tradición de etiqueta y cortesía que nos precede. Y ahora, señores, amigos, ¿qué van a hacer?
 

El golf europeo mueve millones… pero en Asia y en África: de los 51 torneos dispuestos en el calendario oficial del Circuito Europeo que comienza el 21 de noviembre en Sudáfrica sólo 22 se celebran en Europa. Y los cuatro de las series finales en las difícilmente considerables naciones europeas de China, Turquía y Dubái.
 
¿Qué van a hacer? Porque, queridos euroentusiastas, queridos grandes patronos de empresas y conglomerados europeos, algo habrá que hacer para construir más y mejor Europa. Y el golf ya ha demostrado ser un buen hormigón.
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