Las islas Comoras, todas fantásticas, son cuatro: Moroni, Anjouan, Mohéli y Mayotte. Las tres primeras conforman la Unión de las Comoras que es un país soberano y miembro de la ONU.
¿Qué pasa cuando viajas sin nada más que un billete de avión? Sin saber lo que te vas a encontrar, dónde te vas a hospedar, ni siquiera a dónde vas a ir… ¡Pues que es emocionante! Eso es lo que pasa.
Viajar es genial, ¿verdad? En eso estamos todos de acuerdo. Eso sí, hay formas y formas. A mí, una de las que más me gustan es esa. ¡¡A la aventura total!! Suelen ser los viajes más plagados de anécdotas y experiencias. Divertido a tope, creedme.
Así que dejamos el frío de la Antártida y el Polo Sur de las dos semanas pasadas para viajar a un lugar que une tres elementos difíciles de reunir en un sólo lugar: África, isla e islamismo. ¿Dónde? en las Islas Comoras en el Océano Índico y, en concreto, la isla de Anjouan. ¡¡¡Todos al mapaaaa!!!
Las islas Comoras, todas fantásticas a su manera, son cuatro: Moroni, Anjouan, Mohéli y Mayotte. Las tres primeras conforman la Unión de las Comoras (o Comoras a secas) que es un país soberano y perteneciente a la ONU. Mayotte, en cambio, es un territorio de ultramar de Francia, es decir, pertenece a la Unión Europea y se paga en euros. Eso sí, culturalmente es muy similar a sus tres hermanas.
Hoy me voy a centrar en mi aventura en Anjouan que es de las menos visitadas junto con Mohéli. Otro día vemos las otras.
Tras bajarme del avión procedente de Moroni, me monté en un taxi compartido para ir a la pequeña capital de la isla: Mutsamudu. Bueno, lo de compartir es un decir porque se montaron conmigo tres señoras, de las cuales, una era cuatro veces más grande que yo (y yo soy bastante grande). Con deciros que cada pecho de esta amable ciudadana era como dos veces mi cabeza, os hacéis una idea. Así que lo de compartir, sí, pero yo hice el trayecto de perfil y comiéndome la caja donde se recoge el cinturón de seguridad. ¡¡¡Aventuraaaaa!!! ¡¡¡Bieeeeennnn!!!
Llegué a la plaza principal de Mutsamudu (con la marca de la manivela de la ventanilla del taxi bien impresa en mi pierna izquierda) y me dispuse a buscar transporte hacia otras partes de la isla. En el caos de la zona de la que partían las camionetas me dediqué a preguntar si había algún lugar, playa, etc. que pudiese ser interesante. Entre el bullicio, se oyó en un par de ocasiones: “Moya…”. Pues no se hable más, a Moya me fui…
Busqué la camioneta que iba a Moya y me acoplé. Aunque estaba algo destartalada y llena, había espacio suficiente para mi trasero y mis piernas… todavía… Los que habéis ido a África de forma independiente sabéis que el término “lleno” en este continente difiere mucho de nuestro “lleno”. Y la hora de salida tampoco es como la nuestra. Allí se sale cuando está “llena” la camioneta y por “llena” se entiende cuando el desgaste de las cachas del culo está garantizado y la gente se sale por las ventanas. Así, sí… ¡¡¡Aventuraaaaa!!! ¡¡¡Bieeeeennnn!!!
Yo he ido muchas veces en este tipo de transporte por todo el continente y siempre con las rodillas en las orejas pero es de las pocas en las que he estado tan, tan, tan apiñado. De seis a siete personas en cada fila de cuatro. Sin pasillo. Cada uno con sus bolsas, fardos que quién sabe qué, gallinas, etc.
Salimos tras un par de horas de espera y unas cuantas vueltas a la plaza buscando pasajeros. Bordeando la costa, tan felices como sudorosos, parábamos cada 100 metros para hacer algún tipo de gestión: entregar un papel, comprar un fardo, echar un pis, bajar pasajeros, subir pasajeros… hasta que… después de tres horas de ruta, nos cruzamos con otra camioneta, nos paramos y nuestro conductor le dijo al otro algo así como: “bla, bla, blu, bli… Mzungu, Moya… bla, bli, blu…”.
El otro conductor asintió con la cabeza, recibió un par de billetillos y como un saco de patatas me sacaron de mi vehículo y me metieron en el otro. ¿Eso no es tráfico de personas? En fin… parece que yo era el único que iba a Moya y no querían llegar hasta allí y la otra camioneta, que hacía rutas cortas por la zona, si.
Cuando llegamos a mi parada, me bajé y quise cerrar la puerta en un arranque de cortesía: “¡cataclás!”… y me quedé con la puerta en la mano. Ante las risas de las pasajeros, nos pusimos el conductor y yo a poner un alambre por aquí, un tornillo por allá… y a dar un par de patadas para que encajase un poco. En fin… cosas que pasan. ¡¡¡Aventuraaaa!!! ¡¡¡Bieeeeennnnn!!!
Una vez allí dí una vueltecilla a ver cómo era el asunto y a buscar un sitio donde dormir. Sólo había dos y… ¡oohhh! El segundo… Qué sitio… Encima de un acantilado había una pequeña hospedería desde la que se veía una playa tan bonita como solitaria. ¡Impresionante!
En los pocos días que estuve por allí, conocí a mucha gente. A un señor que estaba sentado en una tapia, viendo el tiempo pasar, con el que me senté un par de horas a intercambiar ideas sobre la vida, sobre costumbres, sobre idiomas, sobre ilusiones… qué gran conversación…
También a un joven con el que recorrí todo el poblado, compartiendo tiempo con sus amigos, visitando sus casas, hablando de un sinfín de cosas. Vi la casa del rico, la del pobre, la del enfermo y la de aquel que una vez viajó. De día, de noche. Las callejuelas de la zona alta, las explanadas de la baja… Todos me acogieron con gran hospitalidad y me preguntaban qué me llevaba a allí. ¿Mi respuesta?: “Vosotros…”.
También fui a la playa. Intenté coger un atajo para llegar… Primer error. Casi me despeño y me costó unas buenas heridas en el brazo. Pero no importaba. ¡El rugiente mar me esperaba! Segundo error… ¿¿Porqué estaba sola la playa a esa hora del día?? Porque había una resaca de tres pares de cojines. ¡Casi aparezco en Madagascar! Eso sí, para llegar a la orilla de nuevo, el mar me dio unos cuantos revolcones. Salí todo arañado pero, oye, muy digno yo. Puse una cara de esas tipo "tengo todo bajo control y esos revolcones son exactamente los que quería: Ni uno más ni uno menos".
Y como llegué, me fui, aunque esa, esa es otra historia.
Una de las cosas que más disfruté de Anjouan, además de sus gentes, las experiencias vividas y esa maravillosa playa, fue sentarme al borde del acantilado. Ver el mar, sin cobertura telefónica, sin nada más que el entorno y mi persona fusionada en él. Me recorrió en ese momento un sentimiento de profunda felicidad que hacía tiempo no sentía. Volvía a ser libre. Gracias, África. Un millón de gracias.
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