Germán Loewe, abogado y experto en comercio internacional, escribió el pasado domingo 8 de junio en Hechos de Hoy sobre los primeros encuentros entre el nuevo Rey, Felipe VI, y el actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, del Partido Popular. Fue un ejercicio de Wishful thinking pero les recomiendo que lo lean porque mantiene toda su frescura y cierta predicción.
Pasaron muchas cosas el jueves 19 de junio. Si tiene éxito Felipe VI, y es para desearlo de todo corazón por lo que nos incumbe, habrá sido una jornada que se estudiará en los libros de Historia. De sus aciertos va a depender mucho que un día el pueda también abdicar e imponer el fajín de capitana general a Leonor, la nueva Princesa de Asturias.
Por lo pronto, Felipe VI, en un discurso escrito de su puño y letra, y con la aprobación del Gobierno (sólo el mensaje de Nochebuena no admite correcciones), diseñó lo primero un futuro de exigencia máxima para él. Ni mucho menos fue una mirada complaciente sobre la España de hoy. Más que nadie no toleró la corrupción en su propia familia y, en cierta manera, el escándalo del caso Noós -protagonizado por Iñaki Urdangarin y su esposa, la Infanta Cristina de Borbón y Grecia– abrió la reflexión más severa sobre un proceso que llevó al Rey a abdicar.
No era su intención pero lo mejor de este día histórico fue el no asistir a un funeral de Estado, ni construir un futuro de esperanza y rigor sobre el luto, una tradición tan del apego de nuestro país. En las reflexiones de un discurso largo, el doble de duración que el de su padre ante las Cortes franquistas a las que se pidió el harakiri, estuvo su mirada sobre la Transición como el triunfo del pueblo, el elogio a su padre -es de bien nacidos ser agradecido como enseña Cervantes en el Quijote– y la mención expresa a la lealtad de la Reina Sofía. Fue la mayor ovación en las Cortes sobre un asunto que no admite más comentarios sobre tema sabido y conocido.
En sus palabras resultó interesante la explicación pedagógica para las nuevas generaciones de lo que es la Monarquía Parlamentaria, la Monarquía constitucional. Juró su cargo en esta condición explicando el rol del Rey de "escuchar, comprender, advertir, aconsejar”. Frente al sentimiento monárquico, en la España de hoy hay también un republicanismo de izquierdas pero también de derechas. El mensaje de Felipe VI fue contra el inmovilismo y a favor, de forma radical, de la centralidad de una Monarquía Parlamentaria que busca y trabaja pensando sólo en los intereses generales.
Por primera vez habló de la importancia de las lenguas que se hablan en España junto al castellano. Fue el momento muy novedoso de su discurso, de un Rey además que habla catalán y con excelente acento. Citó a Cervantes, a Machado, al poeta catalán Espriu, al poeta vasco Aresti y al escritor gallego Castelao. Y concluyó su discurso dando las gracias en catalán, euskera y gallego.
No fue el discurso del actual Gobierno. Tampoco el de los otros presidentes de la democracia. Marcó un nuevo espacio con énfasis en la ejemplaridad, la honestidad, la solidaridad y la esperanza. Evidentemente no se trató de un programa de Gobierno porque el Rey reina y no gobierna. Pero marcó su sueño –I have a dream también para España y su espacio compartido con quienes hablan la misma lengua en América Latina y Estados Unidos-.
Fue una jornada muy intensa con el detalle que guardó en secreto del paseo en coche descubierto hasta el Palacio Real. Un Madrid que le vitoreó pero sin masivo baño de multitudes. Con atención sobre la Princesa Leonor y la Infanta Sofía, el ver a Froilán móvil en mano indagando -la foto del sobrino mayor del Rey que captó Juan Carlos Cárdenas de la agencia Efe-, y el interminable saludo de los Reyes a sus invitados -entre ellos Pau Gasol y David Bisbal-. También el día del aplauso correcto y justo de Iñigo Urkullu y Artur Mas -los líderes nacionalistas de País Vasco y Cataluña– y los besos de Letizia y Sofía a Juan Carlos I en el balcón del Palacio Real.
Fue la foto a lo Windsor, en el imponente Palacio Real de Madrid donde- a diferencia de Isabel II y Felipe de Edimburgo-, Juan Carlos I decidió que no era lugar para vivir después de Alfonso XIII. Felipe VI llegó. Lo hizo con contundencia y nivel de exigencia máxima desde el primer momento. ¿Calará su discurso? Si triunfa será el éxito de todos.
Juan Carlos I tuvo las duras frases de "Sofía es una profesional" y "mi hijo se cargará la Monarquía". Pero puede suceder lo contrario, el convertirse en el impulsor de una de una reforma constitucional que lleve a referéndum votar sobre la propia Monarquía Parlamentaria. El futuro, siempre apasionante, llegó de forma muy súbita para esperanza de escépticos, descreídos y golpeados por una crisis que hirió de muerte a instituciones y reputaciones.







