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La neblina de los amigos. (Foto: EF)

La neblina de los amigos. (Foto: EF)

ENTRE LA NEBLINA

Tengo amigos genios y amigos normales, citadinos y guajiros

Tengo amigos que siempre han estado ahí. Son poquísimos, es cierto. Pero si no se es Roberto Carlos, mejor dos o tres verdaderos que un millón que solo sirvan para el estribillo de una canción.

Hechosdehoy / Camilo Venegas

Tengo amigos que nunca han salido del pueblo donde nacimos. Otros jamás necesitaron salir. A estos últimos los envidio profundamente. Tengo amigos que no han sabido qué hacer con sus vidas y otros que se la han quitado. Son actos que no se juzgan, solo se lamentan.

Tengo amigos que han hecho muy pocas o ninguna concesión en sus vidas. Siempre estaré de su lado, aun cuando a veces no llegue a tener su valentía. Tengo amigos que siempre acaban cediendo. Yo también cedo ante ellos, aunque me cueste tanto trabajo comprenderlos.

Tengo amigos a los que he decepcionado y amigos que me han decepcionado. Cero mata a cero, suelen decir los dominicanos cuando el más complicado cálculo puede solucionarse de la manera más sencilla. Tengo amigos que siempre han hecho lo correcto. Por más que me asusten, los sigo queriendo.

Tengo amigos que nunca aparecen cuando hacen falta. No los culpo, a veces, solo a veces, he hecho lo mismo. Tengo amigos que siempre han estado ahí. Son poquísimos, es cierto. Pero si no se es Roberto Carlos, basta con dos o tres verdaderos a un millón que solo sirvan para el estribillo de una canción.

Tengo amigos genios y amigos normales. Citadinos y guajiros. Pacifistas y matarifes. Honrados y ladrones. Amigos que terminan en o, en a y hasta en x. Tengo amigos que me lo perdonan todo y amigos imperdonables. Tengo, por último, amigos que debieron ser enemigos y enemigos que quisiera de amigos.

Todas estas ideas me vinieron a la cabeza como una neblina. La tarde estaba cayendo en la Loma de Thoreau y yo andaba con unas tijeras de podar, siguiendo instrucciones de Renay Chinea, uno de esos amigos que hasta la peor persona del mundo quisiera tener.

Jack y Buck, mis amigos inseparables en esta montaña, andaban conmigo. Un enorme aguacero, que permanecía agazapado detrás de unos pinos, por fin se lanzó sobre nosotros. Entonces volví a la cabaña, me serví el Brugal de por las tardes y me puse a escribir esto.

Cuando volví a levantar la cabeza, la neblina estaba ya por todas partes.

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