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La última vez que le vi fue bailando en mi casa. (Foto: EF)

MADURÉ CON SUS CONSEJOS

Recordando a Eduardo Heras León, escritor y profesor cubano, Premio Nacional de Literatura

Nos encontramos por última vez en mi casa. Esa noche lo vi bailar por primera vez. Fue con NG la Banda. Siguiendo las instrucciones del Tosco, nos despojamos, nos quitamos lo malo, lo echamos pa' trás y nos limpiamos, mi hermano.

Hechosdehoy / Camilo Venegas
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En los años 90, por Ángel Santiesteban, me hice asiduo de la casa de Eduardo Heras León. Además de darnos de comer en aquella Habana desabastecida, nos prestaba libros, discos y hasta juegos (tenía uno de la MLB que sigo buscando. Me encantaba, porque era de la época de oro de Ken Griffey Jr).
Viajamos juntos a eventos literarios por casi toda Cuba. Recuerdo especialmente una semana en Nueva Gerona, donde él y Francisco López Sacha tuvieron que protegernos a Angelito y a mí de las autoridades, por haber violado las reglas del hotel donde nos quedábamos.
Angelito y yo no podíamos contener la risa, pero el Chino se tomó muy en serio la pesquisa de los agentes y los colmó de explicaciones. “Estos muchachos, además de ser dos escritores importantes, son mis hijos”, dijo. Luego, en el avión, ya de regreso a La Habana, prometió que nunca más viajaría con nosotros.
Una semana después estábamos camino a Rancho Luna, en Cienfuegos, para participar en otro evento. “Esta vez soy yo el que se los va a llevar presos”, nos advirtió. Lo sustituí como director de la editorial de Casa de las Américas. El día que Roberto Fernández Retamar me lo propuso, el primero en enterarse fue el Chino. Salí directo de la Casa para su casa.
A partir de ese momento no di un paso en aquel lugar sin antes consultárselo. Sus consejos me hicieron madurar como a un aguacate envuelto en un nylon negro, a la cañona. Por aquella época se leía todo lo que yo escribía, me solía devolver las Gaceta de Cuba llenas de señalamientos.
Tengo una foto de la penúltima vez que nos vimos. En ella también aparecen Alejandro Aguilar y el poeta dominicano Basilio Belliard. Fue una noche de disfraces y literatura en la que El Chino y yo repasamos nuestras vidas. Aunque ya estaba enfermo, su memoria y su sentido del humor seguían intactos.
Estábamos en Casa de Teatro, en un Santo Domingo muy lluvioso en el que yo acababa de dar con Diana Sarlabous. Ahí la tenía justo en frente, por lo que me hacía el gracioso y trataba de parecer mucho más inteligente de lo que soy. Aún no le había dado el primer beso y, como pueden ver, un Brugal on the rock me asistía en todo.
Al verme congraciándome con Diana, puso cara de padre regañón. “Tú no cambias —me dijo—. ¿Recuerdas aquel día en Nueva Gerona?” “Es muy linda, ¿verdad?”, le respondí. “Por la manera en que ella te está mirando —me secreteó—, puedes lanzarte al vacío”.
Nos encontramos por última vez en mi casa. Entonces ya estaba casado con Diana y él me sacaba en cara una y otra vez el consejo que me había dado: “¡Te lo dije, te lo dije”. Esa noche lo vi bailar por primera vez. Fue con NG la Banda.
Siguiendo las instrucciones del Tosco, nos despojamos, nos quitamos lo malo, lo echamos pa’ trás y nos limpiamos, mi hermano.
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