La dictadura de Cuba ignoró tanto a Rafael Alcides, que lo convirtió en nadie
Renunció a todo para poder recuperar su libertad, desde el Premio Nacional de Literatura hasta la jabita con arroz, aceite y jabón que el régimen dispensa a los ilustres. Nunca más publicó una palabra en su país.
La última vez que nos vimos fue en El Bohío, el apartamento donde Diana Sarlabous y yo vivimos en Santo Domingo. Nos lo trajo Alfonso Quiñones, quien había logrado que lo invitaran a un festival de cine donde se exhibió Nadie, el documental de Miguel Coyula que él protagoniza.
Cuando abrí la puerta, me encontré a un hombre muy envejecido, pero parado sobre una firmeza escalofriante. Su vozarrón confirmó que era él. Me quedé paralizado, tratando de reconocer en aquel cuerpo frágil al hombre corpulento que yo había dejado en La Habana 20 años atrás.
—¿No me vas a dar un abrazo y un beso? — Como muchos campesinos cubanos, era besucón, cariñoso y de una ternura que jamás pudo esconder, ni siquiera en sus versos más agrios. Todo el tiempo que estuvimos abrazados se mantuvo dándome enormes manotazos en la espalda.
Lo conocí a principios de los años 80, el día que hallé La pata de palo (1967) en la librería San Carlos de Cienfuegos. Aquel manojo de poemas cambió mi manera de buscar y de encontrar la belleza en las palabras. Recuerdo que lloró cuando le dije eso (también era llorón, como todo guajiro que se respete).
Hizo lo que muy pocos tienen el valor de hacer. Renunció a todo para poder recuperar su libertad, desde el Premio Nacional de Literatura hasta la jabita con arroz, aceite y jabón que el régimen dispensa a los ilustres. Nunca más consiguió publicar una palabra en su país.
Aunque muchas de sus obras se perdieron sin que pudieran llegar a la imprenta, deja algunos de los más importantes libros de la poesía de la cubana. Su estoicismo frente a la opresión totalitaria, es un ejemplo de dignidad para los escritores y artistas cubanos.
Ya estaba dentro del ascensor, pero salió y abrió los brazos. “Un último abrazo, poeta”, me dijo. Además, me dio otro beso y otra larga tanda de manotazos en la espalda. De todos los que estábamos presentes aquella noche, era el más optimista y el que más hablaba del futuro.
La dictadura de Cuba ignoró tanto a Rafael Alcides, que lo convirtió en nadie. Y cuando nadie muere, morimos todos.