Ayer vimos, junto a Marianela Boán y Alejandro Aguilar, un documental sobre el adiós de Buenavista Social Club. En el tramo final del filme se relata cómo fueron muriendo, uno a uno, los longevos integrantes de la agrupación. Ibrahim Ferrer y Compay Segundo, estuvieron cantando hasta el final.
Rubén González, aun con Alzheimer, se mantuvo tocando el piano. “A veces yo me voy, pero mi espíritu sigue”, confesó al comienzo de la enfermedad, cuando todavía tenía momentos de lucidez. Cachaito López solo soltó el contrabajo cuando lo metieron en el ataúd.
Hoy dice el periódico que Charles Aznavour ha muerto a los 94 años. Deja a Bruselas llena de carteles, anunciando un concierto suyo para el 26 de octubre. Como si eso no fuera ya suficiente tristeza para el mundo, el trompetista Jerry González perdió la vida en el último incendio de Madrid.
Como todos ellos, me gustaría morirme haciendo lo que me gusta hacer. Me aterra la posibilidad de acabar postrado o demente. Por eso quisiera que la Parca suba a buscarme a La Loma, un día que esté sembrando o regando algo, caminando por alguna parte, escribiendo o brindando.
Mi Cucha ya sabe lo que tiene que hacer después, plantarme en una lata de Bustelo para que mis cenizas acaben mezclándose con el abono del bosque. Si ponen canciones de Calamaro a mi alrededor, en algún momento se oirá la trompeta de Jerry González.
No me imagino un mejor final para todas las veces que he tenido que empezar.







