1. Inicio
  2. Opinión
  3. Comunidad de blogueros
  4. Alberto Cortez me liberó de prejuicios y me enseñó a ser cursi

SE ME HA IDO UN AMIGO

Alberto Cortez me liberó de prejuicios y me enseñó a ser cursi

Por mucho tiempo creí que solo Silvio, Pablo o Serrat eran capaces de componer grandes canciones. Mi postura al respecto era tan radical como ingenua e ignorante. Alberto Cortez me hizo cambiar de parecer.

Hechosdehoy / Camilo Venegas
fjrigjwwe9r1_articulos:cuerpo
No valoré los días de radio junto a mis abuelos, en las noches sin luz del Paradero de Camarones, hasta que estuve cerca de cumplir los 20 años. Solo entonces asimilé danzones, trovas y todos esos ritmos de la Cuba del ayer que llevaba por dentro. 

 

Hasta que eso no sucedió, solo un artista logró que mis gustos y mis oídos se entendieran con los gustos y los oídos de los mayores. Por mucho tiempo creí que solo Silvio, Pablo o Serrat eran capaces de componer grandes canciones. Mi postura al respecto era tan radical como ingenua y —sobre todo— ignorante.

 

Fue entonces que Alberto Cortez me hizo cambiar de parecer. Vestido de traje y corbata (lo cual, para mí, era una inequívoca señal de decadencia) y con los mismos gestos de los cantantes del pasado, decía cosas conmovedoras, tanto para mis abuelos como para mí. 

 

Más que a Vallejo, Villena, Guillén, Machado o Miguel Hernández, los versos que aquel argentino cantaba y recitaba, parecían tangos o boleros. Con una sagacidad, hasta entonces desconocida para mí, era capaz de complacer tanto a los conservadores como a los revolucionarios (sigo hablando de música, eh).

 

Un día le comenté todo eso a Raúl Eguren (un querido maestro de la Escuela Nacional de Arte y un inolvidable actor del teatro y el cine cubano). “Tendrás que estar siempre agradecido de Alberto Cortez —me dijo—, porque te liberó de muchos prejuicios absurdos y te enseñó a ser cursi”. 

 

Hoy lo he buscado en Google Map y todavía está ahí. En el patio de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones, en el límite del patio, donde termina la casa, hay un árbol que plantamos mi madre y yo. Ahora es un enorme eucalipto, pero en algún momento fue apenas una rama.
Gracias, Alberto Cortez, por todo lo que te debo. A mí también se me ha ido un amigo.
Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Fill out this field
Fill out this field
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.
You need to agree with the terms to proceed

twitter facebook smarthphone

ARCHIVO DEL AUTOR

Menú