Desde lo alto del parque, en el centro de Camagüey, la ciudad donde esparcieron sus cenizas, Ignacio Agramonte vio derrumbarse a la libertad. La mujer, hecha del mismo bronce que el Mayor, no pudo soportar el peso de un internauta que trataba desesperadamente de alcanzar la señal de Wi-Fi.
Este hecho tiene un antecedente. El 11 de marzo de 1949, tres tripulantes del barreminas Rodman (el sargento Herbert Dave White y los marineros George Jacob Wagner y Richard Choingsby) bajaron a tierra y decidieron andar La Habana.
Ya estaban totalmente borrachos cuando desembocaron en el Parque Central. Una foto de la época delata la afrenta. Después de encaramarse en la estatua de José Martí, uno de ellos orinó sobre la mierda de las palomas, encima de la cabeza de mármol del Apóstol.
A diferencia de aquellos marines, el internauta camagüeyano no había ingerido ni un solo sorbo de alcohol. Cuando decidió subirse al cuello de la libertad buscando una mejor conexión con el mundo libre, estaba absolutamente sobrio y totalmente consciente de lo que hacía.
Los primeros lo hicieron por ignorancia, el segundo por querer saber; pero lo cierto que cada vez que alguien decide escalar una estatua en Cuba, se convierte en un símbolo y se gana al menos un párrafo en los libros de historia nacional.







