Francisco ofreció este jueves en el Capitolio, ante cientos de legisladores y un día después reunirse con Barack Obama en la Casa Blanca y una multitudinaria acogida en las calles de Washington, un discurso muy esperado. El Papa abogó por la “abolición mundial de la pena de muerte”, porque “una pena justa y necesaria nunca debe excluir la dimensión de la esperanza y el objetivo de la rehabilitación”.
“Estoy convencido que este es el mejor camino, porque cada vida es sagrada, cada persona humana está dotada de una dignidad inalienable y la sociedad solo puede beneficiarse en la rehabilitación de aquellos que han cometido algún delito”, añadió. Asimismo, Francisco insistió en “no dar nunca la espalda a los vecinos” en referencia a los millones de inmigrantes cuyos derechos “no siempre fueron respetados”.
“Les hablo como hijo de inmigrantes", recordó el pontífice, quien aludió a los extranjeros que en tiempos pasados, "bastantes convulsos y sangrientos”, explicó y afirmó “es difícil enjuiciar el pasado con los criterios del presente”. El primer líder de la Iglesia Católica en hablar en una sesión bicameral del Congreso, agradeció la invitación de los legisladores, señalando que le gustaría “pensar que lo han hecho porque también yo soy un hijo de este gran continente”.
Francisco advirtió de que “ninguna religión es inmune a diversas formas de aberración individual o de extremismo ideológico. Combatir la violencia perpetrada en el nombre de una religión, una ideología o un sistema económico y, al mismo tiempo, proteger la libertad de las religiones, de las ideas, de las personas requiere un delicado equilibrio en el que tenemos que trabajar”.
El Papa afirmó en su intervención que “el mundo es cada vez más un lugar de conflictos violentos, de odio nocivo, de sangrienta atrocidad, cometida incluso en el nombre de Dios y de la religión. El mundo contemporáneo con sus heridas, que sangran en tantos hermanos nuestros, nos convoca a afrontar todas las polarizaciones que pretenden dividirlo en dos bandos”.
“Sabemos que en el afán de querer liberarnos del enemigo exterior podemos caer en la tentación de ir alimentando el enemigo interior. Copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ocupar su lugar”, añadió.




