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CAMBIAR EUROS

Flipando en un banco congoleño, otra experiencia de Proyecto Mzungu

No me imagino en el Banco Santander, allí sentado con la Sra. Botín y unos chavales en vaqueros y unas señoras vestidas de día de mercado, contando dinero y pasando el día con los transeúntes.

Hechosdehoy / José Antonio Ruiz
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Recientemente os comentaba cómo se vivían las visitas a las ciudades (las pocas veces que ha habido) cuando llevas tanto tiempo metido en un lugar alejado de todo. Pues bien, en la última ocasión que fuimos a una de estas poblaciones tuve la necesidad de cambiar dinero. En concreto, euros. No es tarea fácil, no creáis.

En el Este del Congo el dólar estadounidense es el rey. Muchas personas, especialmente fuera de los núcleos urbanos, no tienen ni idea de lo que es un euro y mucho menos se fían de que les digas que vale un poquito más que los billetes verdes con caras de presidentes de antaño de los “iunai-esteis”.

Para muestra un botón. Hace unas semanas, una persona aquí en el Congo me mostró una moneda de dos euros y una de 50 céntimos. Me preguntó que cuánto le daba por ellas. Lógicamente él no podía cambiarlas en ningún lugar. Le dije que le daba exactamente lo que valían y se las cambiaba para hacerle un favor. Él consultó con varias personas de su entorno y todos ponían cara de sospecha a modo de: “el mzungu este lo mismo te quiere engañar”. Al final, se las quedó y dijo que iba a estudiar el caso.

Para que veáis la dimensión del desconocimiento. Total, que era mi oportunidad de cambiar y me dispuse a ello. Hay mucho billete falso circulando por aquí y por allá donde estábamos así que, por el monto, preferí acercarme a un banco que, además, suelen tener tasas medio razonables en comparación con otros países. Mi primera sorpresa fue escuchar que no me darían francos congoleños sino dólares a cambio de mi euros. Dije, bueno, una vez con los verdes en la mano ya puedo cambiar en cualquier lado o pagar directamente con ellos.

La segunda sorpresa fue que no tenían todavía la tasa de cambio. Eran las 10:00 am y debían esperar a que les llegase de Kinshasa a las 11:00. Así que me fui con mi cara de póker a otro banco donde me dijeron lo mismo. No quedaba otra que esperar. Tras hacer otras gestiones, volví a las 13:45 y la respuesta fue la misma en el primer banco.

En el segundo, la situación se iba a tornar de lo más peculiar y ¡fuera de toda expectativa! Me llevaron por un montón de pasillos para terminar en ¡la sala en la que contaban el dinero! Ojo, que hablamos de un banco presente en todo el país. Me dieron una silla y me dijeron que esperara.

Ante mí, unas siete u ocho máquinas de contar billetes cada una con su operario y otras tantas personas contando fajos de dinero a mano. Estaba todo lleno de fardos con fajos inmensos de francos y dólares. Había también una persona controlando que tenía toda la pinta de ser el hijo del dueño de la institución y luego… lo más curioso…

De repente, llegaba el guardia de fuera (de la puerta del banco al público general) con un billetito para cambiarlo, otras dos personas entraban a contar algunos billetes… Todos a golpe de: “buenos días, ¿se puede? ¿me puedo sentar aquí?”. Yo no daba crédito (nunca mejor dicho) a lo que estaba viendo. Parecía el bar del pueblo y allí habrían, por los menos, dos o tres millones de euros “cirulando” entre la gente. Unos de pie, otras sentados, otros entraban y salían… Y yo con mis “aurelios” en la mano.

Llegó otra persona, los contó, me pidió el pasaporte y desapareció un buen rato mientras yo era espectador de algo que estoy plenamente convencido de que no ocurre en las instituciones financieras del mundo desarrollado. No me imagino en el Santander allí sentado con la Sra. Botín y unos chavales en vaqueros y unas señoras vestidas de día de mercado contando dinero y pasando el día con los transeúntes.

El ir y venir de gente era impresionante, la puerta abierta, el supuesto hijo del dueño medio dormido, muchas señoras contando “billullo” y yo, allí sentado siendo consciente de que probablemente no volvería a ver una escena así en mucho tiempo o nunca. Al final, el señorín apareció con mis dolarines, me los dio, los contamos y como llegué, me fui, tras buscar mi salida por aquel laberinto de pasillos por los que nadie en absoluto me acompañó de vuelta.

Seguro que si salgo con un fardo y digo que es mandioca para hacer “fufú” me creen, aunque allí nadie me preguntó nada excepto “¿Cuántos euros?”. Por cierto, la tasa de cambio fue muy decente y eso no pasa todos los días.

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