Escribí un réquiem el mismo día en que le entregué sus llaves a Alejandro Aguilar. Pero entonces lo hice con la certeza de que volvería a verle. Aunque nunca más tomé su timón, navegué en ella muchas veces más por las calles de Gazcue, ayudando a mi hermano en sus mudanzas.
Hace una semana Alejandro anda en su nuevo Chevrolet. Tuvo la delicadeza de pedir mi consentimiento para deshacerse de Perla Negra, quien acabó siendo parte de la transacción. Como yo aún era su propietario legal, me tocó ocuparme del último trámite. Tuve que ir hasta el dealer a entregar la matrícula original y la carta de liberación.
Quiso el azar que parqueara a Marcello (el Fiat 500 de Diana) justo al lado de mi antigua embarcación. Un mecánico acababa de retirarle la placa de la Florida que Alejandro le había puesto. Ahí estaba la nave que siempre me llevó a salvo por las peores tempestades que he pasado en República Dominicana.
Recogí la placa de Alejandro para devolvérsela (debió olvidarla en medio de la euforia) y di una última vuelta alrededor de mi nave filibustera. Repasé todas sus heridas en combate y cada una de las marcas por las que le reconocía. Ahora sí creo que no le veré nunca más.
Alejandro y yo bautizamos a los nuevos jeeps con el nombre de nuestros padres: Nano y Serafín. Me despedí de Perla Negra pensando en ese hermoso homenaje a los respectivos viejos. Puse un tango de Paquito D’Rivera y no la volví a mirar. Ahí la dejé, fondeada en el recuerdo de tantas batallas.
Ojalá que le queden muchos años de vida útil. Sea quien sea su próximo capitán, le deseo la misma suerte que yo tuve junto a ella.







