El régimen de Cuba ha decidido privatizar los establecimientos de servicios gastronómicos, personales y técnicos de la Isla. Ha pasado ya medio siglo del año en que, por iniciativa del argentino Ernesto Guevara, los pequeños empresarios cubanos fueron expropiados.
De una manera empírica, radical e inapelable, los eufóricos barbudos desarticularon en cuestión de días una compleja y eficiente red de servicios que cubría las necesidades de la Isla de extremo a extremo. A partir de ese momento, el Estado se hizo responsable de tareas tan embarazosas para él como freír una croqueta, colar un café o remendar un zapato.
Bodegas, barberías, restaurantes, zapaterías y cafeterías sufrieron una larga y extenuante metamorfosis. El resentimiento y la incapacidad fueron desfigurando el esplendor de la República con saña, hasta convertirlo todo en una humillante ruina.
Mi abuela Atlántida solía resumirlo en una frase: “cuando se acabó el tiempo de antes y empezó la miseria”. Entonces, en lugar de comida, enseres y ropa, las vidrieras empezaron a exhibir banderitas de papel, plantones de caña, implementos agrícolas, fotos de mártires y consignas.
La mayoría de los fotógrafos cubanos de esa época estaban demasiado concentrados en los lugares más comunes de la gesta. Iván Cañas, en cambio, con un ojo neorrealista y ya desencantado, supo mirar para otra parte y revelarnos los sitios que los flashes de la historia no tocaban.
Gracias una vez más a la generosidad del maestro Iván Cañas y de su esposa Alba Borrego (vigía incansable de su archivo), publicamos en El Fogonero 16 fotos inéditas sobre el momento en que se produjeron las intervenciones. Este invaluable documento gráfico nos permite volver al punto exacto donde el incapaz régimen nos lleva de regreso.
Pronto estaremos de vuelta en el día en que la Casa Vega, de Santa Clara, se convirtió en la Unidad 0215.







