Todos los episodios tormentosos de la vida política de Brasil en el siglo XX volvieron de manera abrupta a la escena de Río de Janeiro y Brasilia (los mandatos de Juscelino Kubitschek, Joao Goulart y Getulio Vargas).
Una comisión del Senado respaldó la apertura del juicio político a la presidenta Dilma Rousseff. Por 15 votos a favor y cinco en contra se aprobó el viernes el informe favorable a separar a Dilma Rousseff de la Presidencia por un periodo de hasta 180 días para juzgarla. Es decir, lo más cruuel: su cese y su enjuiciamiento. El Pleno del Senado del miércoles 11 volverá a exacerbar lasa pasiones políticas.
A partir de ese momento Michel Temer, vicepresidente, llegará al Palacio de Planalto. Culminará en el Senado el proceso comenzado en la Cámara de Diputados.
Llega por lo tanto para Dilma Rousseff, a sus 68 años, su particular hora de la verdad en la que sus enemigos políticos están dispuestos a ser implacables. La presidenta está acusada de maquillar las cuentas del Estado para ocultar el déficit y favorecer sus intereses electorales. Dilma siempre lo negó pero fue estéril. El choque político de trenes llegó en Brasilia.
La hora del juicio, como ha destacado Hechos de Hoy, se produce en medio de una de las peores agitaciones políticas en la moderna historia del país, una cadena de escándalos de corrupción que sacuden a partidos de la derecha y la izquierda, y la peor recesión económica de Brasil en décadas.
Para añadir más dramatismo al momento actual, fue imputado en un juicio por corrupción el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha. En esta convulsionada escena política, Dilma insistió en que e va a resistir "hasta el último día". "Soy la prueba viva de un golpe sin base legal que tiene por objetivo herir intereses y herir conquistas adquiridas a lo largo de los últimos 13 años", es la tesis que reitera en lo que pueden ser los últimos actos de su Presidencia.




