Actualmente, cerca de 6.000 psicólogos trabajan en el sistema educativo español volcándose en las demandas presentadas en el entorno escolar. A día de hoy, la figura del orientador educativo o el psicopedagogo, dobla en cantidad a la del psicólogo. Si bien, la figura del psicólogo sigue siendo imprescindible para realizar las labores de diagnóstico, prevención y atención a las diferentes dificultades de aprendizaje y conducta que pueda presentar cualquier alumno/a.
El acceso a intervenciones de calidad en el contexto educativo tiene mucha importancia, incluso más allá de las problemáticas relacionadas con el aprendizaje, atención o conducta dentro del aula. Estas mismas parecen ser fácilmente detectables por el equipo multidisciplinar presente en la escuela (docentes, orientadores, logopedas, psicopedagogos o psicólogos). Sin embargo, existen situaciones en las que esa problemática no está relacionada directamente con el aprendizaje, conducta adecuada o normal desarrollo de obtención de objetivos a lo largo del curso.
Se trata de trastornos o síntomas que pueden emerger en el niño/a o adolescente como resultado de una situación familiar complicada, duelos, trastornos de la alimentación, personalidad, síndromes congénitos, problemas personales que afectan a la emocionalidad y afectividad, etc.
¿Ansiedad y depresión en la escuela?
La ansiedad y la depresión en un menor, pueden pasar desapercibidas por el docente y por los propios padres. Ambas interfieren de manera seria en el proceso de escolarización a nivel de aprendizaje, obtención de objetivos y conocimientos, así como en el ámbito social y de relación con el resto de compañeros.
La escuela, constituyendo un lugar de experiencia y aprendizaje colectivo, también hace o debe hacer hincapié en las necesidades individuales de cada alumno.
La comprensión, tolerancia y buenas bases de actuación, permiten que el contexto comience a volverse terapéutico. Pueden existir ocasiones en las que la escuela parece dar la espalda a determinadas situaciones, bien por desconocimiento, o por la ausencia de síntomas evidentes que muestren que algo no va bien en el contexto personal del alumno. De ahí la importancia de que el docente sepa estar atento a aquellos signos y síntomas fácilmente observables y ante cualquier señal de alarma, permitir a la figura del psicólogo poder intervenir para hacer una adecuada valoración.
– Tics





