A Barack Obama habrá que agradecerle siempre que fuera hasta #Cuba y dejara en envidencia, de la manera que lo ha hecho, la decrepitud y la inviabilidad de la dictadura de Fidel y Raúl Castro.
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En el auditorio no había jóvenes. Solo dos personas del palco presidencial, Raúl Castro y Alicia Alonso, suman casi doscientos años. Él único joven que los acompañaba, el nieto del dictador, apenas entiende de cubrir espaldas y armas de fuego. Al final de las palabras de Obama, pusieron una canción de mediados del siglo pasado cantada por artistas muertos. El régimen no entiende el presente y no tiene ni idea del futuro, por eso se atrinchera en antiguos símbolos que cada vez le resultan más indiferentes a los cubanos. Este viaje de Obama no es el fin, pero es el principio del fin.
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Cuando Obama hablaba de oportunidades y de libertad, nadie en el público se atrevía a aplaudir, pero algunos compartían una sonrisa con los que estaban a su lado. Desde arriba, el movimiento de las cabezas parecía un silente coreografía de complicidad y aprobación.
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La dictadura de Cuba no sabe vivir sin enemigos. Durante casi 60 años ha basado su subsistencia en la confrontación con Estados Unidos y la división de los cubanos en dos bandos irreconciliables. De cara a la nueva realidad que plantea Obama, todos los que estaban en el palco presidencial son tan ciegos como Alicia Alonso.







