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DULCE VENGANZA

Cuando era pequeño sólo me comía el bistec si era del día anterior

Eran tiempos de mucha escasez en Cuba y, para que yo pudiera comer carne, mi padre corría el riesgo de ir a la cárcel. Se la compraba a matarifes clandestinos en las lomas del Escambray.

Hechosdehoy / Camilo Venegas
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Mi madre, después de intentarlo de todas las formas posibles, se dio por vencida. Me lo guardaba en una vieja cantina que había sido de mi abuelo, de la época en que trabajaba como jefe de estación relevante.

 

Eran tiempos de mucha escasez y, para que yo pudiera comer carne, mi padre corría el riesgo de ir a la cárcel. Se la compraba a matarifes clandestinos en las lomas del Escambray. La bajaba al pueblo escondida en la goma de repuesto de su viejo camión Dodge.

 

Entonces mis padres aún no se habían divorciado y vivíamos en Manicaragua. Para poder freírme el bistec, mi madre esperaba a que los vecinos estuvieran para el trabajo o dormidos. Luego lo calentaba con el mismo sigilo. “Qué trabajo me dabas, mijo”, solía reclamarme cada vez que contaba aquello.

 

Entonces yo tenía 4 años y ella 34. Ahora, que tengo 50 y ella 80, ha llegado el momento de que sea yo quien pase trabajo. Además de los achaques de la edad, tiene párkinson y demencia senil. A veces solo me reconoce a mí. Todos los días, a la hora del almuerzo, tengo que insistirle mucho para que se coma la carne.

 

Diana se fue de viaje hoy, por eso ayer hicimos una de nuestras comidas favoritas: congrí, bistec a la plancha y ensalada de tomates y aguacate. Como mi madre y yo estamos solos, se calentó lo que sobró de ayer. Cuando acabé de picarle el bistec, tal como me lo hacía ella, me miró feliz.

 

—Bistec del día anterior —me dijo—, ¡qué rico!
Aunque sé que sus recuerdos son mínimos y rara vez da con ellos, su frase me sonó a venganza, a una dulce y hermosísima venganza que primero me sacó una sonrisa y después —no les voy a mentir— las lágrimas.
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