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A LARGO PLAZO

Ansiedad y depresión, las secuelas que pasan factura tras el acoso escolar o bullying

Más allá de las repercusiones emocionales y sociales, una nueva investigación apunta que el bullying también deja claras huellas biológicas en los afectados.

Hechosdehoy / Carmen Rodríguez Campos
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Las repercusiones emocionales tras sufrir el bullying pueden ser fatales. En este caso, inflamación de músculos, dolor e incluso mayor predisposición a ponerse enfermo son algunas de las secuelas a largo plazo que se producen en las víctimas tras haber sufrido acoso escolar.

Asimismo, resalta que aquellos que producen el bullying experimentan beneficios en su salud al ascender su estatus social a través de la intimidación. Estos datos aparecen recogidos en un nuevo estudio realizado en la Universidad de Duke, que se publica en The Proceedings of the National Academy of Sciences.

Hay que resaltar que no es el primer trabajo que se asocia con el acoso escolar y sobre las consecuencias negativas en la salud de las víctimas. Estudios anteriormente publicados ya sugirieron que las víctimas de acoso infantil sufren secuelas sociales y emocionales en la edad adulta, como un mayor riesgo de ansiedad y la depresión.

Sin embargo, se sospechaba que los niños intimidados también presentaban problemas de salud relacionados con el físico así como dolor y enfermedad. De hecho, un reciente trabajo del Hospital Infantil de Boston publicado en Pediatrics advertía hace un par de meses que las secuelas del bullying se prolongan durante la vida de la persona acosada.

Asimismo, cuando más largo y peor haya sido el acoso más notorio y duradero será el impacto en la salud de un niño, aseguraba el informe. La investigación demostraba que el acoso escolar a largo plazo tiene un impacto severo sobre la salud del niño y que sus efectos negativos se pueden acumular y empeorar con el tiempo.

El trabajo actual constata las “consecuencias biológicas de la intimidación” identificadas a través de un marcador físico, como es la inflamación. Según el coordinador del trabajo, William E. Copeland, “cuantificar la inflamación nos ofrece un mecanismo de cómo la violencia infantil puede afectar al funcionamiento de la salud a largo plazo”.

En ese sentido, explican que “se trata de comprender cómo el acoso escolar puede tener un impacto más tangible sobre la salud de sus víctimas cuando sean adultos”, y por ello los expertos emplearon datos de estudios anteriores, así como entrevistas a los sujetos de diferentes edades.

Los investigadores tomaban muestras de sangre de todas las personas entrevistadas con el fin de analizar determinados factores biológicos, entre ellos la proteína C-reactiva (PCR), un marcador de la inflamación y un factor de riesgo para algunas enfermedades, como el síndrome metabólico y la enfermedad cardiovascular.

Los resultados mostraron que “los niveles de esta proteína estaban afectados por una variedad de factores, como la mala nutrición, la falta de sueño y la infección, pero también por factores psicosociales”. Al mismo tiempo explicaron que al conocer estos niveles “podemos tener una mejor comprensión de cómo la intimidación podría cambiar la trayectoria de los niveles de la PCR”.

Es por ello que advirtieron que los acosadores ven recompensada su acción y logran que sus niveles de la PCR sean los más bajos, incluso inferiores a los de aquellas personas que nunca habían sido acosados. Asimismo, los adultos jóvenes que habían sido a la vez acosadores y víctimas cuando eran niños tenían niveles de la PCR similares a aquellos que no había recibido acoso nunca.

Los agresores, por su parte, tenían los niveles más bajos. Es decir, ser un acosador y mejorar el estatus social puede proteger contra el incremento de este marcador inflamatorio. “Hay otras muchas formas de en las que los niños pueden tener éxito social que no sean intimidar a otros”, concluyen los expertos.

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