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La Orquesta Clásica Santa Cecilia bajo la dirección del húngaro Robert Farkas. (Foto: OC)

FUNDACIÓN EXCELENTIA

Smetana, Chopin y Dvorák, tres compositores marcados por la nostalgia y el amor a su tierra

La segunda mitad del siglo XIX vio nacer una sinfonía que cambiaría para siempre la manera de entender el nacionalismo musical. En su Sinfonía n.º 9 “Del Nuevo Mundo”, Antonín Dvorák mezcla la melancolía de su Bohemia natal con los sonidos que descubrió en Estados Unidos.

Hechosdehoy / OC / O. R. Ferreiró
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El martes 11 de noviembre a las 19:30h en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional, se podrá disfrutar de este concierto que trae Fundación Excelentia con Chopin y su concierto para piano número 1, Dvorák y su Sinfonía del Nuevo Mundo, y Smetana con su Moldava, con el virtuoso pianista canadiense Charles Richard-Hamelin, la Orquesta Clásica Santa Cecilia y la dirección del húngaro Robert Farkas.

Frédéric Chopin salió de su Polonia natal con sólo 20 años y ya no regresó jamás –comentó en su charla “Patrias propias y ajenas” en el Club Monteverdi el pasado día 6 de noviembre Carlos de Matesanz, crítico musical y director de programas de Radio Clásica–.

Antes de dejar su patria, que siempre añoró (como buen polaco) y aunque murió en París con solo 39 años, tras pasar uno de sus peores inviernos en la Cartuja de Valldemosa en Mallorca, y ser enterrado en el espectacular Cementerio de Père-Lachaise, pidió que su corazón volviera a su Polonia natal. En efecto, está depositado en la Iglesia de la Santa Cruz de Varsovia. En la capital polaca, antes de partir, compuso sus dos conciertos para piano y orquesta, el primero de los cuales fue, en realidad, el segundo en ser compuesto.

El checo Antonín Dvorák también dejó su patria, pero ya cumplida la cincuentena y sólo por tres años, para descubrir no un nuevo país, sino un Nuevo Mundo –Estados Unidos– plasmado en su Novena y última sinfonía de un modo tan genial que puede considerarse que la suya es la primera y mejor sinfonía americana.

Él sí pudo y quiso regresar a su país natal, que un compositor de la generación anterior, Bedrich Smetana –el gran padre de la música nacional checa–, había pintado magistralmente en su colección de seis poemas sinfónicos titulado, precisamente, “Mi Patria”: el segundo de esos poemas sinfónicos es la obra más famosa del autor, el retrato musical del río que atraviesa Praga: el Moldava.

Crónica de un viaje sonoro por Europa

En un mismo programa, tres nombres mayores del romanticismo centroeuropeo se dan cita para celebrar la fuerza de la identidad y la emoción en la música. Smetana, Chopin y Dvorák -tres compositores marcados por la nostalgia y el amor a su tierra- proponen, cada uno a su manera, un viaje que va del corazón de Bohemia al “Nuevo Mundo”.

El concierto se abre con Moldava, el célebre poema sinfónico de Bedrich Smetana que forma parte del ciclo Má vlast (Mi patria). Pocas obras consiguen pintar con tanta claridad un paisaje. La partitura narra el curso del río Moldava desde su nacimiento en dos pequeños arroyos de montaña hasta su majestuosa llegada a Praga y su unión con el Elba. En su cauce, la música describe bosques, aldeas, un baile campesino y la grandeza de la naturaleza. Es imposible no sentir la corriente del río en las cuerdas y maderas, que fluyen con la naturalidad de una melodía que parece eterna.

Desde el murmullo de los manantiales que dan origen al río hasta su paso majestuoso por Praga, la música fluye como el agua misma. Smetana, ya sordo cuando la compuso, logró convertir su amor por la naturaleza y la historia de su país en pura emoción sonora. La pieza no solo describe un río: es el símbolo de una nación que se reconoce en su curso, en su ritmo y en su destino. Moldava no se escucha: se navega.

Chopin: el alma al piano

El romanticismo tiene muchos rostros, pero pocos tan personales como el de Frédéric Chopin. En su Concierto para piano y orquesta n.º 1 en mi menor, el compositor polaco tenía apenas veinte años, pero ya poseía una calidad inconfundible. La obra, escrita poco antes de su exilio de Polonia, suena a despedida y a afirmación: la de un joven que se marcha para conquistar Europa, pero que lleva su patria en cada compás. En él resuenan tanto la melancolía de la despedida como el brillo juvenil de un virtuoso que sabía que el piano sería su voz en el mundo.

El primer movimiento combina lirismo y bravura; el segundo, un Romance de ensueño, es una de las páginas más delicadas del romanticismo: un nocturno orquestal donde el tiempo parece detenerse. El final, un Rondo con ritmos de danza polaca (krakowiak), devuelve la energía y el orgullo nacional y recuerda que la elegancia no está reñida con la vitalidad. Más que un duelo entre piano y orquesta, el concierto es una conversación íntima. Chopin no busca el espectáculo, sino la poesía: cada nota es una palabra no dicha, cada silencio, un suspiro.

En esta ocasión, el solista Charles Richard-Hamelin aportará su característico equilibrio entre lirismo y precisión técnica, esa mezcla de sensibilidad y claridad que lo ha convertido en un referente del repertorio chopiniano. Bajo la batuta atenta de Robert Farkas, la orquesta se convierte en un verdadero compañero de diálogo: discreta cuando el piano canta, brillante cuando la emoción se desborda.

Dvorák: un nuevo mundo por descubrir

La segunda mitad del siglo XIX vio nacer una sinfonía que cambiaría para siempre la manera de entender el nacionalismo musical. En su Sinfonía n.º 9 “Del Nuevo Mundo”, Antonín Dvorák mezcla la melancolía de su Bohemia natal con los sonidos que descubrió en Estados Unidos: espirituales afroamericanos, ecos de melodías indígenas y la energía de un país en formación.

El famoso tema del corno inglés del Largo es casi una oración sin palabras: una melodía que evoca la distancia, la nostalgia y la esperanza. Dvorák no copió los cantos que escuchó, los reinventó desde su propia sensibilidad. El resultado fue una sinfonía universal, que viaja de lo local a lo cósmico. No es casual que el astronauta Neil Armstrong llevara una grabación con la música que acompañó al hombre en su llegada a la Luna. Desde el célebre tema del corno inglés en el segundo movimiento —una melodía que parece un eco de nostalgia— hasta el vibrante final, Dvorák convierte su añoranza por la patria en música esperanzada, que mira hacia un futuro de encuentro entre culturas.

En conjunto, el programa traza un mapa sentimental del siglo XIX europeo: el río de Smetana, el piano de Chopin y el horizonte de Dvorák son, en el fondo, distintas formas de una misma búsqueda. Todos ellos encontraron en la música un idioma para hablar de patria, de belleza y de pertenencia. Un concierto como este recuerda que la música no necesita pasaporte: basta con escuchar para reconocer en cada nota algo profundamente humano.

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