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CRUCE DE CAMINOS

Miguel de la Quadra-Salcedo, homenaje de un expedicionario de la Ruta Quetzal

No puedo evitar pensar en aventuras cuando veo la cara ancha y cincelada de Don Miguel, donde todo era exagerado, la nariz grande, ese melena que se resistía a las canas, su bigote profuso, la piel curtida al sol de los trópicos, y ese azul tan claro de sus ojos.

Hechosdehoy / Jacobo Bergareche (*)
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Cuando he visto hoy la foto de Miguel de la Quadra-Salcedo en el periódico, junto al titular que anunciaba su muerte, he de decir que no ha sido pena lo que he sentido, sino unas ganas enorme de salir a la aventura.

No puedo evitar pensar en aventuras cuando veo la cara ancha y cincelada de Don Miguel, donde todo era exagerado, la nariz grande, ese melena que se resistía a las canas, su bigote profuso, la piel curtida al sol de los trópicos, y ese azul tan claro de sus ojos.

Tenía la corpulencia de esos fortachones antiguos, antes de que se inventaran los torsos depilados y las cachas de gimnasio, y tenía un armario para todas las ocasiones, podía (des)vestirse como Tarzán para ducharse en una cascada, ponerse después un sombrero y una camisa con las que le arrebataría a Clark Gable su papel en Mogambo, o lograr ese toque entre lo formal y lo informal con el que nos imaginamos a un lord inglés tomando el té en su mansión.

Diría que parece un rostro de otra época, uno podría imaginarse con su cara a cualquier gran explorador español del siglo XVI, pero en realidad pertenecía más a la ficción que a la historia. A mí me recordaba a las novelas de Sandokan, de Joseph Conrad o a los cómics de Corto Maltés.

Tenía la capacidad de hacernos soñar sin necesidad de palabrería, bastaba verle caminar por la selva como si estuviera en el Retiro, para pensar que la vida también podría ser eso, un paseo por el mundo.

En 1993 yo tuve la inmensa suerte de participar con diecisiete años en la Ruta Quetzal, un largo viaje de exploración y aprendizaje organizado por él, donde atravesamos el Atlántico en un barco escuela con gente de todos los países americanos, descubrimos las islas del Caribe, las ciudades mayas de Honduras, Guatemala y México, acampamos en la selva del Petén, y cruzamos a México en una canoa por el río Usumacinta.

Fue una de las grandes experiencias de mi vida, nos permitió a mí y a mucha más gente descubrir la inmensa fortuna que suponía poder acceder a tantas culturas, tantos países y tantas personas gracias a una misma lengua compartida. Miguel de la Quadra-Salcedo nos enseñó a asomarnos a esas culturas y a esos países con respeto, fascinación y con inmensa curiosidad, dejando atrás todos esos miedos con los que muy a menudo se retrata a Latinoamérica. Le debo el gusto por la exploración y por las Américas, lugar que he recorrido mucho y por el que sigo viajando desde mi casa en Tejas.

Fue de esas personas que hicieron mi mundo más grande y a la vez, el mundo en sí, un lugar más pequeño y cercano. No le voy a desear a Don Miguel que en paz descanse, que es una expresión que no me gusta nada y que se ajusta poco a la persona que fue, sino que le deseo que siga inquieto, viajando y explorando nuevos mundos.
 


(*) Jacobo Bergareche, expedicionario de la Ruta Quetzal 1993.

– Ver en Hechos de Hoy, Miguel de la Quadra-Salcedo, pionero en reporterismo y símbolo de la aventura.

 

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