Desde Berlin, Angela Merkel contempla con gran inquietud, y a la vez indignación, el estallido de la anarquía en Ucrania, a la deriva, sin capacidad ni del Gobierno de Víctor Yanukóvich ni de los opositores para parar la ola de violencia y destrucción.
En el último episodio, Ucrania amenazó con decretar el estado de emergencia tras la toma del Ministerio de Justicia. El movimiento ciudadano Spilna Sprava (Causa Común) tomó el segundo ministerio tras ocupar el viernes el de Agricultura.
La perspectiva desde Berlín no es la de sanciones de la Unión Europea contra el Gobierno de Víctor Yanukóvich sino la de pánico ante una situación fuera de control. Ni la Policía ni los líderes de la oposición -como ha destacado Hechos de Hoy– controlan la ira ciudadana que se extendió desde Kiev a las principales ciudades. En Berlín se considera que Ucrania es una nación totalmente europea por lo que se estima que no puede permitirse el actual clima de caos y violencia, que en Berlín, Londres, París o Madrid sería inaceptable.
Ha sido un error convertir el centro de Kiev en un escenario de visitas y declaraciones de líderes europeos. Merkel ha comprendido -y es la línea de argumentación con José Manuel Durao Barroso– que la crisis de Ucrania necesita un diálogo a tres manos: Bruselas, Kiev y Moscú. La realidad de la compleja crisis de Ucrania es la un 43% de la población que quieren unirse a la Unión Europea, y otro 50% que nunca ha apoyado las revoluciones de Kíev.
Merkel, en los contactos que está manteniendo advierte de que no se debe repetir que sucedió con Croacia. Ni mucho menos la Unión Europea debe buscar el abrir una crisis de esa gravedad con un desmembramiento de Galitzia, la Ucrania Occidental. Ucrania se ha convertido en la nueva Yugoslavia, un polvorín de rabia y un banco de pruebas para Rusia y la Unión Europea, la soberbia de Vladimir Putin y el pragmatismo que trata de imponer Angela Merkel. Está en juego un serio conflicto nacional, una crisis de enorme gravedad en las relaciones internacionales.




