Djokovic, un set en los juzgados
Tengo que reconocer que he estado siguiendo de cerca este culebrón. Me imagino que es lo mismo que siente la gente al seguir las historias de los cuernos de Khloé Kardasian, los amoríos del rey Juan Carlos I o las cosas en el Palacio de Isabel II; pero con otro personaje menos frívolo. Y es tal el lio informativo que hay, que resumiré los datos y opinaré “sin mojarme”.
Total, que se va a disputar el Open de Australia que es de categoría Grand Slam (y no se puede hacer online). Djokovic empieza el año como nº 1 del mundo y para poder seguir siéndolo es imprescindible ganar y ganar. Hasta ahí, perfecto. La cosa se tuerce en la aduana de entrada al país. Novak no se ha vacunado ni se dispone a hacerlo.
Y tan respetable, oiga, es una elección libre que la Organización Mundial de la Salud y el gobierno de Australia tildan de “insolidaria”, pero no obligatoria. Pero, aun así, han legislado leyes proteccionistas, restrictivas para los que no tengan las pautas completas. Cuando se le deniega la entrada en el aeropuerto de Melbourne, empieza el partido.
Por un lado, la familia del tenista lanzando graves acusaciones al gobierno australiano al que acusan de tener “preso” a Djokovik. Le devuelven la pelota de revés, argumentando que él es un ciudadano más del mundo mundial y que tiene que acatar las mismas normas que los que viajan en asiento de turista. El gobierno serbio ataca, apoyando a su jugador y se mete en el partido. La solución es la deportación, pero de momento no se produce y, mientras Novak sigue confinado en un hotel como si fuera un presunto contagiado y, eso, no lo acepta. Para él, una habitación en la que me gustaría vivir el resto de mi vida, es un cuchitril.
Los abogados del tenista vuelven a golpear la pelota alegando que él no se ha vacunado, pero como pasó la COVID-19 el 16 de diciembre, cubre los requisitos de inmunización. Pues se la puso a huevo a los jueces australianos ya que hay constancia de que esos días estuvo en presentaciones oficiales, a las que no podría haber ido siendo contagiado. Si lo hizo sería una irresponsabilidad penal, porque se le vio, sin mascarilla rodeado de niños. Y bueno, el final del partido lo veremos en cualquier momento y, yo, comiéndome las uñas para ver el “match point” que se decidirá en los juzgados mañana lunes.
“Turning Red", cuando las películas ya no pasan por el cine
Me encanta cuando el tiempo me da la razón. He escrito varios artículos anteriormente sobre el giro que debería tomar la industria del cine. Primero lo hice por motivos de solucionar el problema de la piratería hace años. Pero no me hicieron caso. Luego, no les quedó más remedio de hacerlo, cuando vino una cosa que se llama pandemia y les obligó a cambiar la concepción de la distribución de películas. Y ahora veo que sigo teniendo razón tantos años después.
En 2006 Disney compra la productora Pixar (la creadora de “Toy Story”, primera película animada íntegramente por ordenador). Esta fusión ha traído muchos éxitos en la gran pantalla: “Cars”, “Ratatouille”, “WALL-E”, “Up”, mi amada “Coco” y un impresionante etcétera. Todo iba de maravilla hasta que nos obligaron a confinarnos. Ya no podíamos ir al cine y aún, muchos cinéfilos no quieren mezclarse con gente en sitios cerrados, aunque sigamos defendiendo que, la cultura, se organizó bien y es segura.
La única solución era derivar las proyecciones a las casas. Ahí crecieron y se perfeccionaron, de una forma tardía, las plataformas digitales para ver cine en streaming en los propios domicilios. La jugada les ha salido tan bien que ya, las películas de estreno, no van a pasar por los cines. Ale, directo a las casas. Y así ha decidido Disney que será la nueva producción “Turning Red”.
El año pasado, Disney lo intentó con “Mulan” para probar y fue un fracaso estrepitoso. Costó 200 millones de dólares y, con incremento de 30 dólares por verla en la televisión del salón, sólo lograron recaudar 74 millones. Déjenme que les diga que yo sigo defiendo que fue un éxito, porque sentó las bases de lo que va a ser la nueva era del cine, lejos de las salas. Y, por ahora, les digo que todavía falta que el tiempo me dé la razón cuando los cines de nuestras ciudades los empiecen a comprar las distribuidoras digitales.
No sé cuándo, pero les aseguro que veremos los “Cine Disney”, “Cine Netflix”, “Cine Amazon” y el “Cine Pepito” mantenido con subvenciones para poder seguir viendo películas clásicas al que acudiremos los cuatro de siempre.
Britney Spears se desnuda para celebrar "lo que sea"
Empiezo diciendo que defenderé, a capa y espada, la libertad de la gente a opinar y a colgar en sus redes sociales lo que les plazca, siempre y cuando no se haga para ofender a nadie premeditadamente. Pero la tendencia de que, para captar seguidores en las redes, haya que desnudarse, sigo sin comprenderla ni aprobarla.
Que tú quieres lucir tu cuerpo en la playa nudista o en tus perfiles sociales es lícito, por supuestísimo. Te sientes orgulloso de él y lo muestras. Como hacemos nosotros cuando escribimos un relato y lo colgamos. Queremos compartir nuestras cosas con la gente que nos sigue y lo ponemos en el escaparate.
No es esa la cuestión. Pero desnudarse para conseguir seguidores no es una razón que se me antoje válida. ¿Qué talento hay en desnudarse? No sé, yo creo que poquito. El “destape” es lo que han tenido que hacer muchas cuando el talento no les da para más. Y, de verdad, creo que el juego de “cuantos más seguidores, mejor” es una burbuja que caerá con el tiempo.
Esta semana me ha parecido patético que Britney Spears celebrara la decisión del juez de que ya no tenía tutela por parte de su padre y obtuvo su ansiada libertad, con un desnudo integral, tapando sus “cositas” con unos iconitos por eso de la censura. 40 millones de seguidores tiene y a mi hablando de ello. Ese es su éxito de ahora y se traduce en dinero.
Pero no, no podría haberlo celebrado dando un concierto para recaudar fondos para una ONG, subiendo a lo más alto de la Torre Eiffel o plantando un pino en lo alto del Everest. No, mejor ahí, desnudita. Y luego nos quejaremos de que nuestra juventud esté más perdida que Wally. Ahí hay esos 40 millones que sueñan, algún día, poder hacerse fotos desnuditos y que se les llene el Instagram de “followers”. Esas son sus referencias y así nos va.








