“No me echan, me voy yo”. Esa frase siempre me ha encantado. Es de una chulería que pasma. Pues eso ha hecho el primer ministro británico Boris Johnson. Antes de enfrentarse a una moción de censura que acabaría con él sacando los bártulos del 10 de Downing Street, prefirió dimitir, pero con peros. El pero más grande es que seguirá hasta que nombren a un nuevo presidente del Partido Conservador.
O sea, que se va, pero se queda. Me imagino que también, si no lo ha hecho ya, dimitirá el peluquero del primer ministro. Soy muy fan de él (del peluquero). No me explico como consigue que siempre esté tan “despelusado”. Me tienen que reconocer que es difícil mantener los pelos de esa manera sin que se le caigan laciamente.
En cuanto, a la gestión del Reino Unido, le ha tocado el Brexit (y sufrirlo), la pandemia en la que hizo el ridículo más espantoso promoviendo la inmunidad colectiva hasta que él mismo estuvo a punto de dejar la vida en el empeño.
Además, las fiestas clandestinas durante el confinamiento demostrando su total falta de empatía con sus votantes, y un etcétera que se remonta a su pasado como alcalde de Londres donde ya fue acusado de embarazos a mujeres de cargos inferiores, comentarios xenófobos y otras lindezas.
Que no se quejen ahora si al que eligieron les salió rana, porque ya sabían que había sido renacuajo.








