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DUM SPIRO, SPERO

Un sol de esperanza para salvar la vida en Saint Andrews, Escocia

Tenía el rostro girado hacia Carnoustie; un poco más cerca se extiende el primer hoyo del Old Course de Saint Andrew. Al costado éste se alarga a la playa. Allí se rodó la escena de la carrera de Carros de Fuego.

Hechosdehoy / José Ángel Domínguez Calatayud
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Tenía el rostro girado al Oeste, hacia Carnoustie; un poco más a la izquierda se extiende el primer hoyo del Old Course de Saint Andrew. Al costado de éste se alarga a la playa donde se rodó la escena de la carrera de Carros de Fuego. Estaba sentada en los bancos que miran al mar junto al monolito del Martyrs’ Memorial, no muy lejos, curiosamente, de la iglesia de Saint James.

Pero lo que sólo existía hoy ahí eran sus ojos y el mar. Ojos y mar se habían hermanado en un abrazo de húmeda melancolía. No sé quién alimentaba a quién. Toda profundidad se la debía ella al mar. De todo el sentido de lo que no quieres que acabe era el mar deudor de ella. Por encima de ambos las gaviotas blancas y unas deslavazadas nubes también blancas rivalizaban en falta de armonía.

Y el sol. Sol de julio en una Escocia que ama el verano como los enamorados aman la corta conversación de teléfono. No se ama porque es corta, se ama porque es conversación. Pero la brevedad intensifica la necesidad de amar, como un concentrado de infinito.

Al verla en estado de desolación, arrasado el rostro por las lagrimas, le pregunté si necesitaba algo y aunque dijo que no con la boca, debió decir que sí con el resto de su ser, pues terminamos ella hablando y yo escuchando su historia. Una historia que es vieja en general, pero que es siempre nueva, mejor única, para quien le toca vivirla.

Estudiante española con un Erasmus para la Universidad de Saint Andrews había conocido a Alex, compañero de clase. Se había enamorado de él. Iba a decir que él también de ella, pero no sé si tengo todavía elementos de juicio suficientes para afirmarlo con rotundidad. Lo cierto es que el joven, hizo lo que quiso. Y lo que luego no debió querer, pues sin acabar el curso se fue donde la memoria no lo alcanzase.

No sabe el insensato que la memoria lo alcanza casi todo; que quien pierde es el olvido.

Le invité a un café entre infecto y terrorífico en el salón de té del Hotel du Vin de Scores St. desde donde tras los cristales se veía el mismo paisaje pero a cubierto. Y ella se echó a llorar, de nuevo. Ese lugar, esa vista era “de ellos”. Le creí: lo era en el sentido abisal con el que los enamorados se apropian de las estrellas, de la luna, de las calles o de la canción que sonaba en los días de su amor.

Supe por ella cuál era la canción de ellos.

Dos estudiantes en un banco frente al mar es un cuadro impresionista. Una mujer abandonada en ese mismo banco es un drama. Sobre todo para ella. Pero también para el visitante de paso. Me dicen que tengo facilidad de palabra, pero puedo asegurar que no sé que decir ante el dolor sin consuelo.

A ver qué palabras que no suenen a manidas, a triviales o falsas pueden decirse. ¿“No es nada, se te pasará”? “¿Eres muy joven, encontrarás a otro?” Vaya cosa tan estúpida, incluso si fuese verdad.

Es el momento más difícil de comunicar. Las palabras no son herramienta suficiente. Es la hora de escuchar. Es la hora del silencio. Es la hora de comprender. Y de recordar que comprender es compartir.

Lo único que pude compartir con ella fue otra canción. No era actual. Pero era más que eso: era atemporal. Mejor, era transtemporal pues sus cadencias anudan todos aquellos momentos en que la mujer o el hombre necesitan anclar de nuevo su arado a un destino. Y eso no se hace con la mirada en el arado, sino con los ojos en una estrella. Sólo ella puede lograr que el surco se trace recto. Con terrones llenos de lágrimas, pero recto. Y luego saldrá el sol.

Ese sol de mediodía que ya templaba las olas del Mar del Norte.

Me fui cuando parecía más tranquila. No supe más de ella.
Pero hoy he recibido un mensaje de whatsapp de un teléfono desconocido con los emoticonos de una sonrisa, una graduada, una herramienta, que he tomado por un arado, y una estrella. Y la primera estrofa de aquella canción.
He respondido con la segunda estrofa.
 
Idea fuente: una persona sentada en un banco entre Score St. de Saint Andrews y el Mar del Norte

Música que escucho: You’ve Got a Friend, James Taylor

 
 

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