En Simferópol, la capital de la república autónoma de Ucrania, las banderas flameando de la Federación Rusa y de San Andrés, el símbolo de la que fue la flota del Imperio Ruso.
Es la hora indudablemente de fortísimas tensiones internacionales, del retorno de la historia, que es agitada en el Este del Este, y de las jugadas de ajedrez donde a veces la lentitud del contrario exaspera a su rival, y donde se cuece a fuego lento la venganza. La alarma de los hombres uniformados sin insignias no presagiaba nada bueno. Los temores más alarmistas se han confirmado. Vladimir Putin ha sido de nuevo maestro en inteligencia y contrainteligencia evitando lo burdo de mover blindados sin autorización. ¿Habrá juego limpio en la nueva vertiente de la crisis entre Ucrania y Rusia? Las casas de apuestas británicas están divididas.
Los hombres uniformados eran en realidad infantes de marina y paracaidistas, avanzadillas de élite para desplegarse de forma efectiva, pero sin alarmas, asaltando edificios y ocupando instalaciones estratégicas como aeropuertos, centros de comunicaciones y de televisión. Putin ha desarrollado la primera parte de su plan, que es ni más ni menos el retorno del Kremlin a la península de Crimea.
Se abre -y es lo inquietante de esta crisis como se apuntó en Hechos de Hoy– un nuevo capítulo en las relaciones entre los países que estuvieron encuadrados en la Unión Soviética. Después de su desintegración, en 1991, Rusia asumió, entre otras funciones estratégicas, el control de las armas nucleares retiradas de Ucrania. Desde ese momento se convertía en el país que garantizaba su seguridad. Ahora aplicó su particular análisis estratégico.
El vuelco en Kiev ha hecho saltar en pedazos el frágil escenario de equilibrios. Putin reaccionó rápidamente poniendo un primer pie en Crimea con una población de dos millones de personas entre crimeos (que se sienten rusos), ucranios y tártaros. Es el reencuentro brutal con el pasado. Los tártaros fueron sometidos por Catalina la Grande en el siglo XVIII. En el siglo XX fueron deportados por Stalin a Asia Central. En 1954, Jruschov devolvió la península de Crimea a Ucrania, cuando eran dos repúblicas hermanas, dos estados federados en la Unión Soviética. Jruschov quiso borrar el puño de hierro y sangre de Stalin. Putin simplemente, de forma glacial, reescribe la historia.
La cuestión no es tanto lo que va a pasar en Crimea, que ya comenzó a suceder, sino las alternativas que se abren en Kiev, la capital de Ucrania, donde el x boxeador Vitali Klichkó –el político con hilo directo con Angela Merkel– pidió anular el acuerdo del 2010 sobre la presencia de la flota rusa del mar Negro en Crimea.
No parece que Rusia vaya a dar el peligroso y catastrófico paso de una invasión masiva, que hoy se volvería contra ella, en gran parte de Ucrania. Envía la señal de que prepara sus fichas ante un escenario que puede degradarse. También, en este infernal ajedrez eslavo, se trata de intimidar al rival: de frenar sus movimientos y frustrar iniciativas y respuestas. ¿Hay un primer jaque de Putin a Obama?





