Figuró desde primera hora en los planes de Francisco. Rescató la causa encallada y la aceleró. Quiso que la beatificación fuera en San Salvador, la capital de El Salvador. Animó a un acto masivo, el mayor movimiento de masas en la capital. Para que las nuevas generaciomes sepan que existió un gigante humilde en el país al servicio de la Iglesia, los derechos humanos y la denuncia de las injusticias sociales, la voz de los sin voz.
Monseñor Óscar Romero fue asesinado por la ultraderecha el 24 de marzo de 1980. Fue el detonante de una cruel guerra civil, de muerte, odio y resentimiento. Han sido necesarias largas décadas para que su figura carismática recupere su humildad y su grandeza. Francisco .como explicaron fuentes vaticanistas a Hechos de Hoy– derribó una y otra vez todas las objeciones que querían frustrar la beatificación.
Para la ceremonia, que es un hito en el país y en toda Centroamérica, el Papa envió al cardenal Ángelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. Es un acto con delegaciones de 57 países, 1.200 sacerdotes y cinco cardenales.
Óscar Arnulfo Romero y Galdámez nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios de la provincia de San Miguel, a 157 kilómetros al este de San Salvador. Fue asesinado por la ultraderecha el 24 de marzo de 1980, cuando oficiaba misa. Le mató un francotirador de las milicias del mayor Roberto D’Aubuisson, según la Comisión de la Verdad, auspiciada por Naciones Unidas (ONU), en 1993. D’Aubuisson fundó en 1983 Alianza Republicana Nacionalista (Arena), partido que gobernó de 1989 a 2009.
Domingo a domingo, monseñor Óscar Romero fue la voz de los que nunca eran escuchados. Sus homilías se convirtieron de denuncias de atropellos, en condena de las violaciones de los derechos humanos, y de la violencia del Ejército y las guerrillas -la ola maldita de odio de la extrema derecha y la extrema izquierda-.
Finalmente se admitió que su muerte fue un asesinato sacrílego. Se le declaró mártir. Se hizo oficial el sentimiento extendido desde hace años de reconocimiento y gratitud a quien ya era llamado como San Óscar Romero. Francisco, como jesuita, rechazó con firmeza en este proceso los palos en el camino de quienes acusaban a monseñor Óscar Romero de haber dejado la Iglesia para involucrarse en la política. Francisco rechazó estos argumentos con indignación trabajando de forma rápida en una beatificación que siempre cosideró que era ejemplar.
Los terribles 70
El asesinato de su amigo, el sacerdote jesuita Rutilio Grande y de dos feligreses en 1977 a manos de un comando de la Guardia Nacional, le llenó de dolor. El Salvador hervía en ese momento con la formación en 1980 del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).
Monseñor Óscar Romero suspendió a partir de ese momento todas las misas en su diócesis. Las unió en un único acto en la catedral de San Salvador. Fueron desde entoces sus homilias de denuncia y llamamiento a la paz, una voz muy firme que se extendía sin tregua a favor de los derechos humanos, la dignidad de las personas, la denuncia de los atropellos de los poderosos. Un mensaje profético de la Iglesia de los pobres, que Francisco puso en el corazón de su discurso desde el comienzo de su papado.
“Esta semana me llegó un aviso de que estoy yo en la lista de los que van a ser eliminados la próxima semana: pero que quede constancia de que la voz de la justicia nadie la puede matar ya”, fue su dramática homilia un mes antes de su asesinato.
Murio el 24 de marzo de 1980 en la capilla de la Divina Providencia en un hospital para pacientes con cáncer en San Salvador. Fue el detonante de una brutal guerra en El Salvador con 75.000 muertos. La paz sólo fue posible en 1992.
Hoy, tras décadas de gobierno de la Alianza Republicana Nacionalista (Arena), y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). llega el momento de su pleno reconocimiento. Lleva su nombre el aeropuerto internacional, una autopista, y su imagen puede hallarse en diversos puntos de la capital de El Salvador. Su sotana perforada por el disparo y con rastros de sangre permanece intacta en lo que ahora se llama Centro Histórico Monseñor Romero.
No fue ni el Che ni Farabundo Matí, sino un hombre de Dios. Simplemente el arzobispo Óscar Romero. Su mensaje de paz y dignidad sigue llegando con la misma serenidad a la derecha, la izquierda, y el poder de las pandillas. Francisco culminó una página histórica que ilustra sobre el sufrmiento y la reconciación en El Salvador.




