De "extraordinaria deslealtad" y un "ejemplo de inoportunidad" calificó el ministro de Exteriores, José Manuel García-Margallo, la visita de José Luis Rodríguez Zapatero a Raúl Castro en La Habana. Margallo comentó que el Gobierno sólo fue informado de los datos técnicos -vuelos, alojamiento y escoltas- del viaje, y no de las reuniones que se iban a celebrar.
El vicesecretario general de Organización y Electoral del Partido Popular, Carlos Floriano, también habló de "deslealtad" cuando, en los pasillos del Congreso, fue preguntado por la entrevista que Rodríguez Zapatero, acompañado del que fuera su ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, mantuvo con el presidente cubano.
Margallo criticó que no se informara de cuáles eran "las reuniones que se iban a celebrar, las autoridades políticas a visitar o los mensajes a transmitir". Incidió además en que el Gobierno no fue consultado sobre cuáles eran los mensajes que el Gobierno español consideraba oportuno que Zapatero y Moratinos transmitieran, "que es lo que verdaderamente importa", según dijo el ministro.
El exministro Moratinos llamó a Margallo desde La Habana para afirmar que en el viaje no hubo ninguna intención de causar molestias al Gobierno español y asegurar que no se repetirá una circunstancia similar.
En La Habana, Moratinos dijo que la Embajada de España en Cuba estaba al corriente de todo, mientras que el entorno el expresidente del Gobierno aseguró que emprendió su viaje a Cuba y Bolivia sin tener cerrados los encuentros con Raúl Castro y Evo Morales.
Según estas fuentes, Zapatero cerró su encuentro con Castro cuando ya se encontraba en La Habana. Zapatero emprendió su viaje el pasado martes y lo concluirá el próximo domingo, una vez se reúna con el presidente de Bolivia. El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, había sido informado por el propio Zapatero de su primer viaje a Cuba. Moratinos sí visitó la isla con anterioridad y en viajes oficiales en cuatro ocasiones.
La nueva iniciativa del expresidente, además de causar sorpresa, rechazo y polémica, abrió una doble crisis. El Gobierno de Mariano Rajoy, con razón, lamentó que quien es expresidente, y miembro del Consejo de Estado, no desvelara sus planes. En este sentido Zapatero hizo un flaco favor al Partido Socialista.
Las censuras no sólo vinieron del Gobierno sino de sectores de su propio partido. El expresidente crispó su relación con Pedro Sánchez con su entrevista secreta con Pablo Iglesias. Ahora, en un momento delicado y complejo, en plena lucha partidista, y con deterioro de las relaciones entre Madrid y Caracas, el expresidente mantuvo un largo encuentro (tres horas) con Raúl Castro, el mentor y protectos de Nicolás Maduro. De nuevo envió el peor mensaje sobre la estabilidad interna del PSOE, su proyecto político, y los futuros anclajes que Zapatero está situando a la izquierda de la socialdemocrcia.
Las líneas maestras de la política exterior no pueden estar sujetas a los vaivenes de la lucha partidista. Al iniciar una visita de estas características, un expresidente —que es miembro del Consejo de Estado— lo menos que puede hacer es coordinarse con el Gobierno; eso no tiene nada que ver con que la Embajada en La Habana estuviera al corriente de los detalles de la llegada y tramitara los permisos correspondientes de los escoltas. Son vacuas y casi pueriles las explicaciones dadas ayer por Zapatero en La Habana: “Siempre he tratado de sumar y de actuar por el interés de España”.




