Ruanda -entre Uganda, Burundi y Congo, la región africana de los Grandes Lagos– se estremece en las dos décadas del espantoso genocidio que la ONU no pudo parar en uno de los episodios de mayor impotencia y frustración en la historia de Naciones Unidas.
La película Hotel Ruanda, rodada en el Hotel Des Mille Collines de Kigali contó admirablemente los episodios de odio y muerte, a machetazo limpio, pero también de valor y de pasión por vivir en los días horrorosos del genocidio de Ruanda del que se cumplen dos décadas. Entre abril y julio de 1994, en cien días, la violencia fratricida entre hutus y tutsis –los dos pueblos de Ruanda– se convirtió en un baño de sangre.
Los radicales hutus masacraron a 800.000 tutsis. Cuando el FPR (Frente Patriótico Revolucionario, el ejército rebelde tutsi) derrocó al gobierno extremista hutu, halló un país sembrado de cadáveres. Se calcula que un 1,7 millones de ruandeses hutus participaron en el genocidio. Más de 250.000 fueron juzgados y 40.000 siguen en prisión. Vecinos, policías, soldados, políticos y, sobre todo, las interahamwe -las milicias creadas con el fin de exterminar tutsis- participaron en una de las mayores pesadillas de odio vividas en África. Las heridas no han sido selladas aunque aparentemente así parezca. Hoy son los tutsis los que ocupan el poder, y los hutus, los verdugos de hace veinte años, las víctimas de una cierta marginación.
La espantosa tragedia de Ruanda abrió en gran debate en Naciones Unidas. Actualmente en la crisis de Sudán del Sur, como ha informado Hechos de Hoy, los cascos azules tienen muy presente que no puede haber una tragedia similar. El secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU), Ban Ki-moon, aseguró que las políticas en Sudán del Sur son "una lección de Ruanda aplicada a la realidad".
En el genocidio de Ruanda, en tan sólo 100 días, se produjo el exterminio de entre el 20 y el 40% de su población. El país era entonces el más densamente habitado de África, con siete millones de personas. El 70% de las víctimas mortales fueron tutsis, asesinados por extremistas hutus, tras la muerte del presidente ruandés, Juvenal Habyarimana, cuando el avión en el que viajaba fue derribado el 6 de abril de 1994 poco antes de aterrizar en el aeropuerto de Kigali. El asesinato de Habyarimana (de la etnia hutu), que murió junto al presidente de Burundi, Cyprien Ntaryamira, que lo acompañaba, fue el detonante de la matanza colectiva iniciada por hutus radicales y aún hoy día continúa siendo un enigma.
Tras el genocidio, en el que también perecieron numerosos hutus moderados, tomó el control del país el Frente Patriótico de Ruanda (RPF), milicia que entonces lideraba el actual presidente, Paul Kagame, a quien una investigación francesa culpó en 2006 de la muerte de Habyarimana, aunque él siempre lo ha negado. El presidente, un tutsi que creció refugiado en la vecina Uganda, es el creador de la nueva identidad ruandesa.




